Un lugar a dos leguas de Ciudad Real
15 noviembre 2009 – 8:04Más de un año he tardado en bautizar este blog: Un lugar a dos leguas de Ciudad Real.
Pasada esta etapa de narcisismo en el que mi blog llevaba mi nombre, que Freud llamaría etapa anobjetal, me he dignado ponerle un nombre que hiciera un pequeño homenaje a Cervantes y a mi pueblo, Miguelturra. Os pego aquí el capítulo de El Quijote en el que un gentilhombre de Miguel Turra va a visitar al recién proclamado gobernador Sancho, donde todo va bien hasta que se habla de perras… vamos, como la propia actualidad.
—Estraño caso es este —dijo Sancho— destos negociantes. ¿Es posible que sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como estas no son en las que han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren que seamos hechos de piedra mármol? Por Dios y en mi conciencia que si me dura el gobierno, que no durará, según se me trasluce, que yo ponga en pretina a más de un negociante. Agora decid a ese buen hombre que entre, pero adviértase primero no sea alguno de los espías o matador mío.
—No, señor —respondió el paje—, porque parece una alma de cántaro, y yo sé poco o él es tan bueno como el buen pan.
—No hay que temer —dijo el mayordomo—, que aquí estamos todos.
—¿Sería posible —dijo Sancho—, maestresala, que agora que no está aquí el doctor Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia, aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?
—Esta noche a la cena se satisfará la falta de la comida y quedará vuestra señoría satisfecho y pagado —dijo el maestresala.
—Dios lo haga —respondió Sancho.
Y en esto entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo fue:
—¿Quién es aquí el señor gobernador?
—¿Quién ha de ser —respondió el secretario—, sino el que está sentado en la silla?
—Humíllome, pues, a su presencia —dijo el labrador.
Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela Sancho y mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el labrador y luego dijo:
—Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está dos leguas de Ciudad Real.
—¡Otro Tirteafuera tenemos! —dijo Sancho—. Decid, hermano, que lo que yo os sé decir es que sé muy bien a Miguel Turra y que no está muy lejos de mi pueblo.
—Es, pues, el caso, señor —prosiguió el labrador—, que yo, por la misericordia de Dios, soy casado en paz y en haz de la santa Iglesia Católica Romana; tengo dos hijos estudiantes, que el menor estudia para bachiller y el mayor para licenciado; soy viudo, porque se murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató un mal médico, que la purgó estando preñada, y si Dios fuera servido que saliera a luz el parto y fuera hijo, yo le pusiera a estudiar para doctor, porque no tuviera invidia a sus hermanos el bachiller y el licenciado.
—¿De modo —dijo Sancho— que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran muerto, vos no fuérades agora viudo?
—No, señor, en ninguna manera —respondió el labrador.
—¡Medrados estamos! —replicó Sancho—. Adelante, hermano, que es hora de dormir más que de negociar.
—Digo, pues —dijo el labrador—, que este mi hijo que ha de ser bachiller se enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de Andrés Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son perláticos, y por mejorar el nombre los llaman Perlerines. Aunque, si va a decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y mirada por el lado derecho parece una flor del campo: por el izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo, que se le saltó de viruelas; y aunque los hoyos del rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aquellos no son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es tan limpia, que por no ensuciar la cara trae las narices, como dicen, arremangadas, que no parece sino que van huyendo de la boca; y, con todo esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca grande, y, a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las más bien formadas. De los labios no tengo que decir, porque son tan sutiles y delicados, que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos una madeja; pero como tienen diferente color de la que en los labios se usa comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y aberenjenado. Y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy pintando las partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la quiero bien y no me parece mal.
—Pintad lo que quisiéredes —dijo Sancho—, que yo me voy recreando en la pintura, y, si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro retrato.
—Eso tengo yo por servir —respondió el labrador—, pero tiempo vendrá en que seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera pintar su gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración, pero no puede ser, a causa de que ella está agobiada y encogida [48], y tiene las rodillas con la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar, diera con la cabeza en el techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller, sino que no la puede estender, que está añudada, y, con todo, en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechura.
—Está bien —dijo Sancho—, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado de los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.
—Querría, señor —respondió el labrador—, que vuestra merced me hiciese merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza. Porque, para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus, y de haber caído una vez en el fuego tiene el rostro arrugado como pergamino y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo, fuera un bendito.
—¿Queréis otra cosa, buen hombre? —replicó Sancho.
—Otra cosa querría —dijo el labrador—, sino que no me atrevo a decirlo; pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo, para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de los suegros.
—Mirad si queréis otra cosa —dijo Sancho— y no la dejéis de decir por empacho ni por vergüenza.
—No, por cierto —respondió el labrador.
Y apenas dijo esto, cuando levantándose en pie el gobernador, asió de la silla en que estaba sentado y dijo:
—¡Voto a tal, don patán rústico y malmirado, que si no os apartáis y ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados? ¿Y dónde los tengo yo, hediondo? ¿Y por qué te los había de dar aunque los tuviera, socarrón y mentecato? ¿Y qué se me da a mí de Miguel Turra ni de todo el linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de ser de Miguel Turra, sino algún socarrón que para tentarme te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, ¿y ya quieres que tenga seiscientos ducados?
Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual lo hizo cabizbajo y al parecer temeroso de que el gobernador no ejecutase su cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio.
Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y volvamos a don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las gatescas heridas, de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales le sucedió lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar las cosas desta historia, por mínimas que sean.















3 Responses to “Un lugar a dos leguas de Ciudad Real”
pues bienvenido Miguelturra a la blogosfera
By rafa hortaleza on nov 15, 2009
Muy chula la historia si señor.
By tinajas on nov 15, 2009
Pedro para que tenga informacion debo decirte y te digo que en mi pueblo cuenta las cronicas y algunos cervantista fue donde el ingenioso hidalgo se recreo en una de sus paradas en mi pueblo cuando era recaudador , para aquella guerras historica de cuando Epaña iba camino de nunca ponerse el sol, tuvimos los castreños la visita de tan importante huespedes y mira si somos en aquella fecha amables los castreños que lo metimos en la carcel ,bueno lo metieron yo no era alcalde en aquella epoca en nuestro pueblo su estancia en la carcel muy proxima al rio que llevamos con orgullo puede ser dicen los cervantista en un congreso que hubo en mi pueblo haces unos años hay empezo a forjase el Quijote, Pdro esta invitado te invito a que venga un dia no te preocupe a ti no te meteremos en la carcel tu y yo nos meteremos en las tasca de mi aldea grobal y nos pondremos ciegos tu ya sabe buen vino salud y republica
By juan merino cañasveras on nov 16, 2009