Trabajar para la eficiencia

3 junio 2010 – 3:46

A menudo recorro cierto camino cognitivo. Esto tiene sentido, me digo, y esto otro, y el resultado no está mal. Entonces me acuerdo de dónde empecé y sé que ni siquiera debí comenzar a andar. Esta tarde, otra vez. Creo que nunca aprenderé.

Ayudaba a mi abuela a rellenar un formulario médico. Algunas de las hojas, bastante mal impresas por cierto, debían ser rellenadas por el paciente, otras esperaban al día de la cita para que las cumplimentase el sanitario de turno (entiéndase “de turno” en su sentido literal y no con las connotaciones negativas que acostumbra a soportar). Se hace necesario en este punto preguntarnos por el sentido de mandar “tareas” a una paciente cuando un profesional pudo haberla orientado mejor sobre el sentido de los distintos apartados. Nos responderemos inmediatamente que es una cuestión de eficiencia, las fotocopias son más baratas que el tiempo de los profesionales. Nada que objetar, para eso está el listillo de turno, para ayudar a la abuela desorientada.

Pero no era todo un problema de dificultad, lo verdaderamente turbador era su contenido. Mediante un esquema del tipo “Puntúe del uno al cinco” preguntaban por la frecuencia con que el paciente X “Siente dolor al masticar”, “sufre dolores de cabeza”, “piensa en morir” “duerme con dificultad” o “se despierta demasiado temprano”.

En efecto, ha leído usted bien. Y, más adelante, se intercalaban preguntas del tipo ¿siente un cansancio anormal? o ¿puede cumplir con sus tareas habituales? con otras como ¿ha pensado en quitarse la vida? o ¿se siente culpable?

He dedicado unas horas a elucubrar sobre el sentido del cuestionario y he formulado dos hipótesis. O se trata de un método de diagnóstico psicológico encubierto para pacientes hipocondriacos o determinadas dolencias oseas están intimamente relacionadas con procesos depresivos agudos. Suena ridículo pero lo escribo en serio, he querido conceder el beneficio de la duda a nuestro excelentísimo sistema de salud público.

He querido pero no he podido. Hay uno o varios gilipollas sueltos por las oficinas grandes de nuestro excelentísimo sistema de salud público.

Me da igual qué quieran diagnosticar o si todo aquello tenía sentido médico. No es como hacer una campaña preventiva en los colegios, no. Alguien viene a tu consulta, te dice que le duelen los huesos y lo mandas a casa con un papel que le pregunta cuánto piensa en la muerte. Sea por lo que sea, es estúpido e indigno. Si existen sospechas de que alguien tiene una dolencia psicológica  y puede suicidarse ¿cómo coño se le manda a su casa sin remitirla a un psicólogo? y si no ¿a qué coño viene la pregunta?

Y si es por ahorro o por eficiencia, no me importa. Que colapse la Seguridad Social si es preciso, no volveré a andar ese camino. Todo tiene un límite. El día en que todo el interés que mostramos por la vida de un conciudadano se expresa en un formulario es el día de preguntarnos sobre si la eficiencia trabaja para nosotros o nosotros para ella.

El producto por el que nadie quiere pagar

30 mayo 2010 – 18:16

Sé que llevo un tiempo sin escribir. Quizá alguno de vosotros también lo sepa. Esta semana he recibido, sin embargo, el beneficio de algunas letras antiguas.

Una señora de no sé que distrito, dependiente de no sé qué concejalía del Ayuntamiento de Córdoba me despertaba el pasado lunes con la noticia de que había resultado ganador de un concurso literario. Me corresponde, por mi proeza, miseria y media en forma de vale canjeable por libros y/o material escolar.

El comienzo del día me pareció tan bueno que me propuse no estropearlo demasiado pronto. Me eché un cigarro a la oreja, me serví un café y salí a recoger el periódico. El sol lucía y yo tomaba el café mientras leía en mi jardín. Un éxito completo si no fuera porque, entre el correo, acabé encontrando el borrador de mi declaración de la renta.

Independientemente de su contenido, el borrador rompía con cualquier naturaleza poética que pudiese tener mi existencia en ese momento ¡Qué cosa más fea! que adulto y que humano se siente uno al recibir una cosa así. Pudo haber sido una postal de un amigo de erasmus, pero tuvo que ser un recuerdo de mis incipientes relaciones con el mundo real.

Volviendo a su contenido, el borrador recogía mis actividades como camarógrafo, colaborador literario y en otro concurso, este de monólogos, del que obtuve otros cinco minutos de gloria. La lectura pudo haberme hecho sentir un hombre del renacimiento pero el momento ya estaba roto. Me sentí más bien idiota.

Tres trabajos y ningún contrato. Vendo mis talentos en concursos o al peso pero nadie tiene interés en quedarse conmigo. Y sospecho que no soy el único al que le pasa.

En un segundo nivel de análisis, reparo en que fui camarógrafo para una empresa subcontratada por la Junta de Andalucía, monologuista para esa misma institución y colaboré con más o menos letras, en función de la publicidad incluída en el periódico gratuíto que escribo. En último término, puede decirse que ningún destinatario de mis mensajes ha pagado nada por recibirlos.

En definitiva, no sólo aquella mañana sino también el resto de la semana se me ha estropeado  ante la evidencia de mi precariedad profesional. Soy un profesional del que nadie quiere responsabilizarse y vendo un producto por el que nadie quiere pagar. Vendo, por más heterodoxas que sean mis palabras, el logotipo que las encabeza: maquinillas de afeitar, 2×1 en pizzas o la generosa gestión de la Junta de Andalucía.

Menudo bajón, y yo que me creía un hombre del renacimiento.

PEReza

7 mayo 2010 – 15:55

Ando en plena vorágine académico-laboral. No me entretendré en explicaros cómo las obligaciones tienden a condensarse en breves periodos cuando el obligado no sabe mucho de planificación. El caso es que ocurre. Y por lo general viene acompañado de un fenómeno psicológico, probablemente descrito científicamente, que aleja insistentemente nuestra atención de lo urgente recordándonos responsabilidades secundarias. Ordenar la habitación, o cocinar para toda la semana en plena sesión de estudio, son ejemplos que, doy por hecho, suscribís.

En mi caso particular, a poco que no tengo tiempo para nada, comienzo a notar ese zumbido, como el que oígo al alejarme de una feria, como cuando me quito los auriculares, y me acuerdo de que tengo el blog en el más miserable de los silencios. Y lo peor es que no tengo tiempo para romperlo ni casi nada interesante que decir. Las obligaciones me vuelven insoportablemente terrenal. No es que acostumbren a volar pero quiero creer que mis ideas, cuando menos, dan saltitos.

Igualmente, el zumbido se me instala en la cabeza hasta que me hace vomitar cualquier consideración socio-biográfica de medio pelo.

Como el hecho inaudito de escuchar, ayer mismo, a un amigo de buen bolsillo y mejor humor que tenía el PER. No sabía si pensar que era broma o que así se hacía la gente rica, desvirtuando los mecanismos de la seguridad social. Inmediatamente me aclaró que no era el Paro de Empleo Rural lo que andaba disfrutando, sino la licencia de Patrón de Embarcaciones de Recreo. Entonces me pregunté si haberla llamado así era una broma de los que tienen embarcaciones de recreo para evidenciar con fina ironía la distancia que les separa de los temporeros agrícolas. Tiendo a ser muy suspicaz cuando ando ocupado y terrenal.

Pero sobre todo, cuando ando ocupado, me invade la pereza por pensar. De ahí la escasa textualidad de este tipo de entradas, de ahí su escasa altura, de ahí, probablemente, la pereza por pensar que a menudo demuestran las personas ocupadas y el irónico recochineo que permiten a los ociosos.

Peces a pie de barra

5 mayo 2010 – 14:07

Pocas cosas me gustan tanto como hablar con desconocidos, quizá hablar a secas, o hablar de mi, pero pocas cosas más. Por descontado que las conversaciones casuales son una tragaperras que escupe muchas monedas de 20 y muy pocos jackpots, pero siempre tiene cierto encanto mirar las lucecitas intermitentes. Con suerte, uno interpreta en el parpadeo de los colores una anormal clarividencia en determinado asunto, una verdad ontológica o una bella forma de expresar ideas.

Ayer, en una conversación casual a pie de barra, me topaba con estas tres cosas maravillosamente condensadas en unas cuantas frases. Para mi desconsuelo, la conversación transcurría en un mundo imaginado por Albert Camus. De modo que, de nuevo, me veo obligado a repercutir para vosotros esas verdades esenciales escondidas en las buenas mentiras.

Pues bien, estos caballeros viven del trabajo de aquellas damas. por otra parte, tanto los varones como las hembras son criaturas absolutamente burguesas, que han llegado a esta situación, como de costumbre, por mitomanía o por estupidez. En suma, por exceso o por falta de imaginación. De vez en cuando esos caballeros sacan el cuchillo o el revólver, pero no crea usted que lo hacen por gusto. Lo exige su papel, eso es todo, y se mueren de miedo cuando disparan sus últimos cartuchos. Dicho esto les considero de más alta moralidad que los otros, los que matan en familia, por desgaste. ¿No ha observado usted que nuestra sociedad está organizada para ese tipo de liquidación? Usted habrá oído hablar, naturalmente, de esos minúsculos peces de los ríos brasileños que atacan por millares al imprudente bañista y en algunos instantes, le limpian, con pequeños y rápidos mordiscos, hasta dejar el esqueleto inmaculado. Pues bien, ésa es su organización. “¿Quiere usted una vida limpia?¿Como todo el mundo?” Usted responde, si, naturalmente. ¿Cómo responder que no? “De acuerdo. Le vamos a limpiar. Ahí tiene una profesión, una familia, tiempo de ocio organizado.” Y los menudos dientecillos se lanzan a la carne, hasta el hueso. Pero creo que soy injusto. No hay por qué decir que esa es su organización. Después de todo es la nuestra: todo está en ver quien limpiará al otro.

Albert Camus, La Caída

Manolo

30 abril 2010 – 14:42

De camino a la parada, cabeceaba de lado a lado, molesto por tener que encontrarme otra vez a esa niñata que va al gimnasio con pendientes de perlas  y un crucifijo de piadoso oro de 18 quilates. No podría soportar de nuevo su insípida cháchara sobre calorías y spinning. Al menos no hoy, no con este calor y este sopor postalimenticio.

Repasaba las salpicaduras de aceite en mi camiseta y estudiaba el modo de ocultarlas tras las correas de la mochila y la funda de la cámara. No suele preocuparme ir desaliñado pero hoy no quería sobre mi la mirada inquisidora de la tipa.

Al llegar a  la parada, ella no estaba. En su lugar se sentaba un hombre de unos cincuenta años, de piel recia y oscura y crucifijo de funcional oro de 18 quilates. Me senté. Y aunque el desenlace del encuentro aún era incierto, me tranquilizaba pensar que aquel hombre seguro no habría oído hablar siquiera del spinning.

“¿Tu eres de La Carlota?” preguntó en cuanto acabé de liar mi cigarro. Respondí escuetamente que no. “Voy allí a la autoescuela”, añadí al poco. “Te estas sacando el carnet o algo ¿no?”. Asentí.  ”Yo no tengo carné, ni lo he tenío… ni creo que lo vaya a sacar en la vida”.  ”¿Y eso?”, pregunté mientras me secaba el sudor de la frente en la manga de la camiseta. Él se hurgaba la nariz nerviosamente. “No te creas que no me duele, que he perdío muchas cosas por no tenerlo… y mujeres, y oportunidades… y me duele”. Se giró hacia mi mientras agitaba en su mente oportunidades, mujeres y permisos de conducir. Entonces comenzó a hablar un poco de cada cosa, lenta pero rítmicamente.

“Porque yo soy gitano pero los payos de aquí me conocen tos, y me aprecian, y me paran con el coche”. Me sorprendí un poco al oír que era gitano, debe de ser mestizo. “Y estuve con una paya de novio, bueno, con más de una, pero esta era de Córdoba y tenía carné, y coche, y trabajo y estuvimos un tiempo de novios”. Hizo una pausa, desvió la vista hacia la curva haciéndome a mi girar la cabeza. Era un camión. Cuando nos devolvimos la mirada concluyó “pero era fea”.

“Otra que tuve, que era gitana, también tenía carné, y casa, y estaba bien puesta en carnes. Esta si estaba bien”. Frenó. Supe que era el momento de volver a prender fuego a mi cigarro. “Pero, era una esaboría” dijo, “¡vaya por dios! exclamé moderadamente.

“Y otra” continuó “esta estaba bien, y de dinero, esta era una señora, pero  no tenía carné y era de Fuente Palmera. Y como yo no tenía carné, no pude seguir viéndola. Yo vivo ahí enfrente y estar siempre pendiente de que te paren los coches es mu pesao. Aunque algunos me recogen hasta con el carrito de la comida. Pero es mu pesao esperar con el carrito y algunos, aunque me conozcan, no paran, porque a lo mejor tienen un coche chico”. “El carrito…” interrumpí “…es un carrito que usa usté para llevar comida ¿para venderla?… ¿por las casas?” Dejó de asentir tras la última parte y corrigió mirándome a los ojos “en el mercadillo”. Claro, en el mercadillo.

“Porque yo he podío tener dos profesiones: cantaor, que podía haber sío cantaor, o vender cuatro trapos en el mercadillo. Pero como no tengo carné, voy con el carrito de la comida. Si lo tuviera, lo mismo tendría un coche y iría a los chinos a por cuatro trapos y cuatro zapatillas, y los vendería, y ganaría unas pesetas. Pero no tengo carné. Y eso me va a doler toda la vida”. Hizo lo que inequívocamente era una pausa dramática. “Habiendo tenío en la mano pájaros ¡Cómo los dejé escapar!”

“Bueno, todavía estamos a tiempo ¿no? Eso es ponerse” aseguré hipócritamente soslayando las tasas, el reconocimiento médico, las clases prácticas y demás asuntos pecuniarios que no eran “cuestión de ponerse”.

“El carné, eso es una cosa mu traviesa, a mi me da miedo, no me veo capaz de coger luego el coche”. “A mi también me da miedo” reconocí. “Entonces ¿pa qué te lo sacas?”. Resoplé. “Yo es que ando acabando la universidad pero no tengo exámenes hasta junio y, mientras, tengo que hacer algo de provecho para justificar lo que como en casa de mi madre”. Mi motivación se me antojaba ridículamente burguesa. “Ves, cada uno tiene lo suyo” respondió sin embargo. “Ahí viene” añadió al poco. Y el autobús llegó como un punto y aparte.

Subí y me senté al fondo, junto a un tipo que dormía, para poder anotar todo aquello sin ser inquisitorialmente observado. Noté que me faltaban datos, no sabía su nombre, ni a dónde iba, ni para qué ¿Debía inventar alguna excusa para que me permitiese fotografiarle? Llegamos, y me coloqué tras él al bajar. Me limité a preguntarle su nombre “Manolo” respondió tendiéndome la mano. “Un gusto” le dije.

Me fotografié a mi mismo para conservar algo de verdad de aquel momento. Y deseché la idea de ir a la autoescuela. Fui a tirarme en un parque a las afueras del pueblo. Pasé la tarde mirando la autovía.

Al volver al bulevar en busca de alguien que me devolviese a casa, me crucé con él y me saludó enérgicamete “Ay, amigo”. Sonreí y levanté hacia él la mano extendida como en un ademán taurino. Iba empujando la destartalada silla de ruedas de un gitano mucho más joven que él.

En efecto, “cada uno tiene lo suyo”, aunque sospecho que algunos tienen un poco más que otros.

Los guardianes de las amapolas

26 abril 2010 – 16:35

Muy cerca de donde vivo, solía haber una plantación de opio destinada a usos farmacológicos. Desde la carretera semejaba un manto de algodón en el que uno fantaseaba con recostarse o nadar, pues se intuía en aquellas flores la densidad precisa que permitiese sumergirse en ellas sin tocar el suelo.

A menudo la ensoñación se veía truncada al descubrir entre el intenso blanco a dos agentes de la guardia civil que, en un dulce e inesperado golpe del azar, habían terminado como guardianes de amapolas.

Entonces pensaba en ellos, probablemente aturdidos por el fieltro recalentado de sus gorras y los efluvios florales; oteando la autovía sobre sillas plegables de lona, quizá inmersos en disertaciones ontológicas. Acaso se creyeron muertos, destinados por la autoridad celestial a una nube a ras de suelo.

Ahora recuerdo niños que tenían prohibido acercarse a las amapolas blancas y madres escandalizadas al descubrir alguna entre el ramillete de margaritas y jaramagos que sus vástagos recolectaban al volver del colegio en primavera.

Me pregunto cuántas madres curiosas harían infusión de aquellas flores prohibidas; cuántos síndromes de abstinencia condujeron a la plantación. Me pregunto qué habrá sido de los señores de verde. Probablemente se consumen en una oficina o, a lo peor, torean coches a pie de autovía.

Desde la carretera miro ahora la tierra en barbecho y lamento la inopinada pérdida de la nube en que una vez nadé.

La foto es de mi amigo y vecino Ferrer.

Crónicas Daltónicas III: Crónica de los Recolectores

24 abril 2010 – 14:40

Mañana veré a Miguel con el resto de Aina Libe, mis mejores amigos en esto de de juntar letras. Me pidió que les llevara algunas palabras impresas con las que ayudar a empapelar Córdoba, pero aún dudo de que lo que escribo se pueda imprimir.

Puede que mañana alguno de vosotros encuentre sus papeles ocultando el dramático interior de una inmobiliaria abandonada, escalando farolas o colgando del puente romano. Hoy, Miguel nos presta un poco de poesía con la que soportar verdades indecentes.

Hoy, la tercera entrega de las Crónicas Daltónicas

CRÓNICA DE LOS RECOLECTORES

MIGUEL RUIZ POO

El verano es un buen tiempo para ir al dentista. En general es un buen tiempo para hacer cualquier cosa en Sevilla al amparo de 45 grados y una ciudad fantasma. Los que más, se olvidan en Huelva de su dolor de muelas y los que menos, nos entregamos a las fantasías de las torpes manos de santa de olorosas becarias de ortodoncista con sus ceñidos trajes blancos y la bandera de U.S.A. reluciente pintada en sus uñas. Esperando esa suerte mágica de hincar mis caninos en los dedos de estas gastadas musas del porno, corrí escaleras abajo con una bolsa de basura.

Fue entonces cuando tuve una revelación contenedora: tu cuello se elevó mugriento y esplendoroso para decirme que sí, que tirara la basura, que sí, que echara la mierda mientras tú abrías la puerta y buscabas tus tesoros, mi acicalado cuello se encogió y con una sonrisa sucia abandoné tus ojos blancos.

Tu seguiste a la tuyo con tu carrito de bebe repleto de fetos hermosos, llorando hierros a diez céntimos el kilo, vestido urgentemente a la moda retro, tú si que sabes pirata, siendo flexible con la fecha de caducidad de los yogures y un ortodoxo de los fétidos olores de la carne.

Sé lo que estas haciendo,  llegará el día hermano, llegará el día y yo estaré en tu ejercito armado hasta los dientes con aires acondicionados mutilados, caldeando el infierno de estar vivo con braseros tísicos, explosionando esta esclavitud moderna con granadas hechas de cafeteras inservibles.

Y mi boca, triunfo de las clínicas dentales, besará tu boca, triunfo canino de arrabales, entre bolsas de plástico y bajo la ácida lluvia, seguiremos buscando entre contenedores y gritaremos “hermanos todos somos iguales, la basura es un arma cargada de futuro

Y allí, en la sala de estar del dentista no podía dejar de admirar a esos pececitos que fervientemente comían mierda, con su boca de ostia, de los ventanales de la pecera.

-Su turno.

Mentiras

21 abril 2010 – 15:17

Ayer me topé con Hamer, una de esas personas cuyas entradas parecen fruto de una intensa actividad intelectual. Desde luego que en él se dan ambas condiciones, visible la una, evidente la segunda desde que uno le mira a los ojos; confirmada en cuanto abre la boca.

Me hizo saber que leía o había leído este blog. Lo hizo sin mencionarlo directamente, aludiendo a mis trabajos forzados en la autoescuela. “Consecuencias de tener un blog, que sacrificas parte de tu intimidad” Aclaró. Creo que le respondí que esto “no es más que literatura”. Creo porque no recuerdo si de hecho lo hice, pero es lo que digo siempre.

Esto ocurría durante los escasos cinco minutos que coincidimos en un autobús. Al poco de apearme topé con Salvador, otra mente pensante, ligeramente menos pensante a juzgar por sus entradas pero muy pensante en cualquier caso. Me hizo algunas sugerencias literarias en el interior de un stand de la feria del libro. Y digo bien en y no desde el interior porque, curiosamente, los quioscos que en cualquier feria del libro sirven para distanciar al comprador del género hacen, en esta feria, de estancias.

Hizo después algunas apreciaciones sobre el pujante género de la novela histórica. Acordamos, a la gallega, que las hay buenas y malas. Todo depende, en realidad, del equilibrio y la coherencia entre lo copiado de la historia y lo inventado para la ocasión.

Finalmente, procuré aportarle alguna idea pese a la evidente ventaja literaria que me llevaba. Opté por recomendarle una novela de Amelie Nothomb, Metafísica de los Tubos. En resumidas cuentas, la obra narra los primeros tres años de vida de una hija de diplomático nacida en Japón y, en mi propia terminología, puede considerarse parabiográfica.

Para terminar la tarde, Ricardo, Juan y Luis, tres pensantísimos cerebros, presentaban una novela breve escrita por el primero. En una terrible torpeza contextual, comenzaron a divagar sobre el posible cariz autobiográfico de la novela, discusión a la que el público, ignorante de la vida del autor,  asistía como convidado de piedra.

Mientras discutían yo me mordía la lengua para no decirles a tres mentes admirables que, a mi entender, su discusión carecía de sentido, que no hay diferencia entre la realidad y la ficción cuando están escritas.

Nunca he creído que esto que escribo sea más real que lo narrado en La Odisea o, para ejemplificar con un texto que si haya leído, no considero este blog menos ficcional que Charlie y la Fabrica de Chocolate.

No hay texto que pueda sostenerse en la irrealidad total ni que escape a unas estructuras pactadas que amoldan la existencia incomprensible y simultanea a un limitado número de signos secuencialmente expresados. No hay diario que no pase por novela cuando es leído en otro tiempo y lugar, ni fantasía que pueda esconder los rasgos de su autor cuando quien la escruta es allegado al mismo.

El texto sólo y siempre se construye con verdades y mentiras, con verdades entregadas a la causa literaria; y mentiras inevitables cuando se quiere transmitir la realidad en signos y estructuras pactados y conocidos.

Sé que Amelie Nothomb no pudo autoproclamarse Dios a los dos años de edad. Hamer sabe que no fue ayer cuando nos encontramos. Pero a quien quiera que me anda leyendo en Las Arenas, le importa un pito quien soy o si lo que cuento es realmente mi vida, le importa encontrar verdad sobre la suya o mentiras para su deleite.

Que viene el lobo

18 abril 2010 – 14:05

Viene el Lobo y no sé si ponerme la cámara o la pancarta. Viene el presidente de Honduras y rey de las bajezas. Viene a gastos pagos, de buen rollo, como el que no ha matado, como quien no es golpista, con el repugnante argumento del tiempo transcurrido y los cerebros a otras cosas. Y temo que de tanto decir que venía, de tanto contar que en Honduras acabarían por imponer un gobierno ilegítimo, acabe de llegar, nos la cuele a todos y a nadie le importe.

Recuerdo el día en que me explicaron en qué consistía la doctrina Estrada. Lo recuerdo porque no fueron tantos los días de facultad en que aprendí algo y porque me pareció una genialidad y una anomalía. Los gobiernos, que continuamente dicen y declaran, que pontifican a cada paso, guardan silencio por una vez y, de forma discreta, deciden tener o no relaciones con otros gobiernos.

Cuando España, que aplica la doctrina Estrada, no se encaró con los golpistas hondureños, no me inquieté. Pensé que les haríamos el vacío que dejaríamos saltar el contestador cuando llamaran ¿Qué importancia tiene honduras más allá de la simbólica? Pensé que el gobierno vería una ocasión de apuntarse un tanto ideológico sin apenas coste estratégico o económico. Pero había olvidado que nos gobierna la derecha. La de toda la vida, sin paliativos, por más igualdad y matrimonio homosexual que vendan. De modo que el tanto ideológico era justo el opuesto al que yo tenía en mente.

Ahora viene el Lobo que consiguió cargarse la doctrina Estrada en el país donde se inventó -México, por cierto-. Y lo consiguió porque estamos en lucha, y en tiempos de lucha no hay concesiones ni sutilezas que valgan. Calderón rompió el silencio -la nomenclatura musical es totalmente casual- y reconoció el gobierno liberal y golpista de Lobo. Ahora el Lobo está a las puertas de España, con su carnet de librecambista para reunirse con los adalides de la democracia.

De natural soy más dado a la cámara que a la pancarta pero, por esta vez, haré una excepción, pero sólo porque estamos en lucha, sólo porque estamos a punto de conseguir que el mundo sea otra cosa.

visita http://noalobo.blogspot.com/

Coherencia

15 abril 2010 – 2:20

Es de sobra conocida para vosotros, lectores de este blog, mi ferviente militancia antiautomovilística. Sin duda y puesto que, asumo, sois personas de mundo y rica vida interior, no os serán menos conocidos los vericuetos que llevan al individuo a hacer cosas que no quiere o querer cosas sin hacer nada por poderlas.

Yo querría haber hecho algo de mí durante estos meses de vuelta al hogar e introspección que os vengo narrando pero me temo que mis logros en ese sentido son tan escasos como mis esfuerzos. Para colmo de males, he acabado por claudicar en una batalla que me inspiraba la más profunda de las autocomplacencias, no tener carnet de conducir no por torpeza o causas externas sino por coherencia ideológica.

Me encanta la idea de coherencia. Me gusta pensar que el texto bien formado es, sobre todo, coherente. Es indistinto que el texto sea bello, largo o verosímil; que sea fílmico o pictórico; que esté escrito en farsi o con lapiz del número dos. El texto bien formado, el texto textual, se debe siempre y cuando menos, a sí mismo, a sus propias normas y postulados. De algún modo extrapolamos, al menos yo lo hago, esa condición última del texto bien formado como refugio último del individuo bien existente. Es decir, si no puede usted hacer las cosas bien, hágalas, al menos, coherentemente mal. De ahí, la profunda autoplacencia que nos proporciona sabernos coherentes en determinado asunto.

Tanto la práctica lingüistica -el habla- como el ejercicio vital -las obras- imponen con asiduidad vulneraciones de la coherencia por motivos fundamentalmente económicos y/o contextuales. Sin embargo, son tantas la voluntad comunicativa tras el lenguaje y el interés por autocomplacerse del individuo que triunfan sobre la adversidad incorporando la anomalía a su constructo coherente mediante un intrincado entramado de excepciones, reinterpretaciones y polisemias que preservan la integridad y unicidad del sistema.

Dicho esto, llevo dos días yendo a la autoescuela. Tampoco es tan malo.