Intuiciones infantiles sobre trenes y globalización

19 January 2010 – 0:02

A las 18:57 horas de hoy subí en Sevilla a un tren, andalucía express, con destino Córdoba. A las 20:24 bajaba de dicho tren con una arruga en la cara y una preocupante descoordinación al andar. Más o menos igual, bajaba un impertinente niño de unos cinco años que había compartido el sueño conmigo un par de asientos más atrás. Pretendía la criatura, que debía de pensar que no había hecho sino cerrar los ojos un instante, que sus padres permanecieran a bordo del vagón.

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- ¡Que esto no es Córdoba! ¡Que esto es igual! ¿No veis que es igual? – gritaba mientras descoyuntaba el jersey de punto de la sufrida madre.

Con los pies a pleno rendimiento y la visión nítida por fin, me fije un poco y casi me hizo dudar. La noche, una espantosa bóveda, cemento, escaleras mecánicas, más cemento y máquinas expendedoras con precios desorbitados, en efecto, era igual y yo no podía asegurar que no hubiera cerrado los ojos sólo un instante.

A poco que el pequeño monstruo tome algunos trenes más, aprenderá que las estaciones de tránsito de viajeros de todo el mundo dicen del lugar donde se ubican tanto como un McDonalds. Y tras intentar localizarse a través de la ropa de los viajeros o los puestos de prensa desistirá y mirará el reloj para saber, a ciencia cierta, si ha dormido o sólo cerró los ojos un instante.

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