El abuelo

9 February 2010 – 1:52

Hoy ha muerto el suegro de mi madre que, contra lo que pueda parecer, no era mi abuelo.

Cuando conocí a Marcial yo tenía como 6 años, pero medía poco más de mes y medio.  Al acercarme a la mecedora en que él estaba sentado, me topé con una enorme pelota que emergía del dedo índice de su mano derecha, un quiste, según me explicaría después mi madre.  Me pareció grande como una cabeza. Aunque cualquiera que me observara junto a su mano apoyada en el brazo de la mecedora, sabía que era más bien del tamaño de un ojo de niño.

En aquella misma mecedorá conocería más tarde a Josefa, su madre, una señora centenaria pero pequeña como un cuarto de hora. Josefa aparecía en la mecedora cada seis meses y se quedaba allí seis meses cada vez. Cuando volvía a irse, Marcial le calentaba el sitio hasta que regresara. Entonces él volvía a la silla contigua.

A Josefa la llamé bisabuela antes de llamar abuelo a su hijo. Ambos términos me parecían inapropiados, pero tener bisabuela fardaba más. Finalmente opté por emplear ambas palabras sólo con terceras personas y sólo para fardar de árbol “genealógico”. Entiéndase el concepto de fardar que tiene un hijo único de madre-soltera-huérfana.

Josefa murió siendo yo adolescente. No fuí al velatorio, ni al entierro, ni dije una palabra al respecto. Entonces me percaté de que gozaba de una escasa inteligencia emocional y, en general, escasas emociones. No puede decirse que sintiera demasiado su muerte. Claro que la lamenté, pero no la sentí.

Hoy ha muerto el suegro de mi madre y vuelvo a no sentir demasiado. Puedo pensar cosas y formularlas. Pensar en cómo le conocí o cómo me influyó, recordarlo o apreciarlo. Pero no se me encoge el estómago como cuando siento las cosas de la vida; el amor o la indigestión. Las cosas de la muerte no las siento demasiado. O quiero creer que es eso y no, que soy una especie de infrahumano despiadado.

De cualquier modo, lo lamento, Marcial.

Cadena perpetua

5 February 2010 – 18:54

alegoría sobre la sociedad y el tiempo

El hombre, que debió nacer libre y entre la maleza lo hizo, sin embargo, en un centro hospitalario concertado de la comunidad de Madrid. La tierra que debió cultivar es un parking de pago. La sociedad, que ya estaba ahí cuando llegó él, cuando llegamos todos, decidió que vivieramos conforme a unas normas en cuya elaboración nunca participamos. Las aceptamos entonces porque nos enseñaron a aceptarlas y no eran malas del todo y las aceptamos aún y mientras el orden social nos provea de la suficiente dignidad material y personal.

Cuando la educación y/o la integración social fallan y el individuo agrede a la sociedad, esta no le castiga. No se obtiene de él nada a cambio del daño causado, no se le causa a él un daño equivalente. Por contra, se castiga ella misma internándolo en un centro en el que se le provee del anteriormente negado bienestar material y la “necesaria” reeducación social. Esto es nuestro sistema penitenciario, una institución educativa.

Y esto es, a mi entender, lo más razonable. De otro modo, nuestro sistema penal contemplaría los trabajos forzados, la pena de muerte y, en definitiva, la posibilidad de infringir cualquier daño al infractor con tal de que pagase; ya fuere reparando lo dañando, ya procurando resarcimiento emocional sufriendo él mismo. De otro modo, tendría sentido ese pesar popular por las “excelentes” condiciones en que se encuentran nuestros presos. Pero es que, amigos, nadie dijo que el sufrimiento sirviera para reinsertar.

La idea de un sistema penal castigador me aterra. Sobre todo porque habríamos de juzgar el nivel de maldad presente en los actos humanos y asignarles un determinado castigo. Como si eso fuera posible. La única forma castigar, en justicia, un acto para el que no cabe reparación es establecer una equivalencia exacta entre daño infligido y daño percibido por el infractor, ojo por ojo, acto por acto, de modo que no hubieramos de juzgar el acto sino corresponderlo.

Sin embargo el ojo por ojo anularía toda legitimidad del modelo legal y social. La renuncia a nuestros instintos no puede materializarse en una institucionalización de los instintos, en este caso de venganza. Y desde luego la seguridad que nos prometieron no puede convertirse en un bien de consumo, en algo que no está prohibido sino que tiene precio. El éxito de nuestro modelo, como lo era del Gran Hermano de 1984, es no castigar sino convencer de la inconveniencia de unos determinados actos, convertir al elemento disfuncional en parte integrante del sistema. Eso es también un mensaje de confianza en lo que entre todos hemos construído, y el convencimiento de que es un modelo inclusivo y universalmente válido. Mientras, el castigo se nos presenta como una herramienta de opresión que mantiene a raya a los elementos más desfavorecidos de nuestra sociedad.

En este punto se hace de nuevo pertinente una alusión al sentimiento popular (en un doble sentido del término) que parece incomodarse por la aplicación de beneficios penitenciarios y reducciones de condena. Pero es que, amigos, nadie dijo que una vez superada la disfuncionalidad del reo se hiciese necesario prolongar su estancia en prisión.

Ante la imposibilidad de imponer un modelo castigador, ante la frustración por no poder dañar a sus agresores, determinados sectores de la sociedad se levantan llenos de indignación reclamando una absurda medida legal que contemple el encierro a perpetuidad de los disfuncionales. Presentada con apellidos de revisabilidad o excepcionalidad oculta de nuevo, la voluntad de la mayoría de someter y castigar a unos individuos que nacieron inopinadamente en aquel centro hospitalario, que nunca tuvieron la oportunidad de negarse a vivir en sociedad y que no fueron convenientemente educados ni respaldados por ella. Mencionaré para ilustrar este último punto que la psicopatía, latente en una de cada cien personas, solo se revela antisocial si no se ha ejercido una conveniente influencia psicológica durante la infancia de quien la padece.

Los gobiernos, las sociedades, sabiéndose usurpadores de los derechos animales del hombre, habiendo anexionado al recien nacido a su reino mediante la promesa de bienestar material y personal, no pueden reaccionar al daño con daño, no pueden satisfacer los instintos ni poner precio a los actos. Eso ya está en la naturaleza y capacidades del hombre solo, que de encontrar en la ley coacción y venganza, renunciaría o debería renunciar de inmediato al orden social imperante. Y tampoco puede un gobierno formular la posibilidad revisable, excepcional o de cualquier índole de apartar a los disfuncionales para siempre ¿Dónde queda la confianza en el modelo?¿Con qué derecho encarcelamos a quien debió ser un animal y gobernarse a su antojo? ¿Por qué no se le ofreció mantenerse al margen? ¿Por qué habríamos de castigarles? Si fuimos nosotros quienes no supimos enseñarles los valores imperantes o no le permitimos su cumplimiento privándoles del mínimo bienestar material.

Con esto que escribo pretendo razonar mi oposición a que siquiera se debata la inclusión en nuestro ordenamiento jurídico de la cadena perpetua o cualquier otra forma de castigo que con su mera inclusión niegue el sentido mismo de sociedad. Sin negar la responsabilidad del individuo, la sociedad debería avergonzarse y castigarse a si misma por cada crimen que se comete porque no puede ser sino un subproducto de lo que, en su seno, le fue inculcado al criminal.

El trabajo es salud y algunas propuestas revolucionarias

22 January 2010 – 14:39

estetoscopio

- ¡Pero bueno! ¡qué mal estás! Haz algo, chica, un curso o encuentra un trabajo ya.

Juro por la revolución bolivariana que lo precedente es la receta de un médico de cabecera contra ciertos problemas de salud, derivados de la ansiedad, que padece una amiga mía.

Me pregunto si llevándolo por escrito al INEM te ponen en un puesto preferente. Invito, de hecho, a los gobiernos de España a incluir el trabajo entre las prestaciones de la seguridad social o, mejor,  a añadir en la Constitución algún tipo de disposición adicional que rece que todo lo contenido en la Carta magna va en serio. Lo del trabajo, la vivienda y todo eso.

Me pregunto también si no se habrá precipitado el doctor porque yo, con trabajo y todo, padezco un cuadro sintomático muy similar al de mi amiga. Quizá quiso decir un trabajo digno. Invito también al gobierno español a especificar en la Constitución que el trabajo debe ser digno. O a añadir algún tipo de  disposición adicional que diga que lo contenido en nuestra Carta Magna debe ser tenido en cuenta por los representantes públicos.

Me pregunto si el médico no obvió intencionadamente lo de digno. Un señor letrado y funcionario sabe que no cabe la dignidad en un modelo de explotación como el nuestro. Quizá, no digo que sea probable, pero quizá algún día la clase médica cambie de bando y en su lucha contra los trastornos de ansiedad se lance a recetar huelgas generales. De hecho invito a todos los colectivos profesionales, desde los médicos a los pizzeros a organizarse en algún tipo de colectivo dedicado a la defensa de los derechos de la clase trabajadora. Con el fin de no dejar la responsabilidad de una huelga en manos de un solo gremio, por otra parte, demasiado acomodado como para respaldar la lucha obrera.

La importancia de llamarse Ignacio

20 January 2010 – 17:29

A veces me da por envidiar a quienes fueron nombrados motivadamente; en honor a su padre o  algún personaje histórico o por el significado etimológico del término. Desde luego que me alivia no pertenecer a esa tristemente célebre oleada de Kevin Costners de Jesús que nació al poco de estrenarse “El Guardaespaldas” pero no puedo evitar cierto malestar cuando, para clarificar la pronunciación de mi nombre a algún extranjero debo aludir a esas tortitas de maiz triangulares. “Like the mexican food” suelo responder a la cara incomprensiva del erasmus de turno.

Como casi todo en mi vida, la historia de mi nombre completo, José Ignacio, tiene un origen pequeño y confuso.

Mi madre, embarazada y con mi otro suministrador de ADN en plena fuga, pasaba una mala racha. Entonces conoció a José Ignacio, un compañero de trabajo que, con su apoyo, dignificó mi estancia uterina y alegró la vida de mi anfitriona. José Ignacio contaba con que nunca tendría hijos y mi madre se propuso perpetuarle en letra, ya que en sangre no parecía probable.

Nunca conocí al tal José Ignacio, de modo que todo lo que sé de quien me dio nombre, que es practicamente nada,  es a través de una historia llena de elipsis que mi madre me contó por encima de las gafas mientras terminaba el dulce de un “hogar, dulce hogar” de punto de cruz”.

Google no ayuda mucho más de lo que lo hizo mi madre. Mis más célebres homónimos parecen ser el obispo José Ignacio Munilla y el etarra José Ignacio de Juana Chaos. En resumen, dos terroristas que ni siquiera son lo suficientemente célebres como para bromear sobre el asunto.

Es por esto que he acabado por refugiarme en la ficción y una perversión anglosajona de mi segundo nombre para colmar mi injustificada necesidad de identificación nominal.

Ignatius J Really, el personaje central de “La Conjura de los necios” resulta tan repulsivo como atrayente. Ignatius, un antihéroe egolatra, perezoso y propenso a la autojustificación se ve obligado a explorar el mercado laboral de una sociedad que detesta. Él es una distorsión autobiográfica de su creador, John Kennedy Toole y, a su vez, practica una distorsión autobiográfica llamada Darryl en su futura obra cumbre el “Diario de un chico trabajador”. Para cerrar el círculo, os dejo en esta, mi propia distorsión autobiográfica, algunas de las esencias cuya ubicación en el magnífico libro de Toole he sido capaz de recordar.

Hasta pronto,

Nacho, vuestro chico contestatario

“La fábrica ejemplifica el progreso que ha hecho pasar a los negros de recolectar algodón a cortarlo y coserlo”

“Siempre he sentido, en cierto modo, una especie de afinidad con la gente de color, porque su situación es igual a la mía: nos hallamos fuera del círculo de la sociedad norteamericana”

“Yo personalmente protestaría con todas mis fuerzas si sospechase que alguien intentaba auparme a la clase media.”

“No creo en realidad que uno tenga necesariamente que rascar el fondo para poder enfocar subjetivamente a su sociedad. En vez de moverse verticalmente hacia abajo, uno debe moverse horizontalmente hacia afuera, hacia un punto lo suficientemente distanciado donde no quede inevitablemente desterrado un mínimo de comodidad material.”

Ignatius J. Really

Intuiciones infantiles sobre trenes y globalización

19 January 2010 – 0:02

A las 18:57 horas de hoy subí en Sevilla a un tren, andalucía express, con destino Córdoba. A las 20:24 bajaba de dicho tren con una arruga en la cara y una preocupante descoordinación al andar. Más o menos igual, bajaba un impertinente niño de unos cinco años que había compartido el sueño conmigo un par de asientos más atrás. Pretendía la criatura, que debía de pensar que no había hecho sino cerrar los ojos un instante, que sus padres permanecieran a bordo del vagón.

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- ¡Que esto no es Córdoba! ¡Que esto es igual! ¿No veis que es igual? – gritaba mientras descoyuntaba el jersey de punto de la sufrida madre.

Con los pies a pleno rendimiento y la visión nítida por fin, me fije un poco y casi me hizo dudar. La noche, una espantosa bóveda, cemento, escaleras mecánicas, más cemento y máquinas expendedoras con precios desorbitados, en efecto, era igual y yo no podía asegurar que no hubiera cerrado los ojos sólo un instante.

A poco que el pequeño monstruo tome algunos trenes más, aprenderá que las estaciones de tránsito de viajeros de todo el mundo dicen del lugar donde se ubican tanto como un McDonalds. Y tras intentar localizarse a través de la ropa de los viajeros o los puestos de prensa desistirá y mirará el reloj para saber, a ciencia cierta, si ha dormido o sólo cerró los ojos un instante.

El malestar en la globalización

10 January 2010 – 5:40

Preocuparse por lo que pasa puede ser agotador. Quien intentó enseñarte qué era la globalización dejó sobre ti una losa de incertidumbre. Tanto por lo fracasado del intento en sí como por las preguntas derivadas. Visitas dos periódicos digitales, compras uno de papel, miras un documental y aprovechas las visitas al baño para seguir con el libro aquel que te dejaron del tal Stiglitz. Vuelves de “leer” y sigues sin entender nada. El mundo es demasiado complejo como para descifrarlo sentado el el retrete.

Entonces la angustia existencial se te instala entre los pliegues del vientre recién vaciado y, por tanto, ideal para inquilinos psicosomáticos. Debe de ser eso a lo que se refiere con “El malestar en la globalización”.

Cuando la globalización me supera, enciendo un cigarro, apago la luz y me sumerjo en una especie de trance hibernativo por lo general musicalizado con algún disco que haya escuchado tanto que apenas lo oiga. Entonces se me olvida todo, el malestar se va desmintiendo mi anterior conjetura y vuelvo a sentir curiosidad.

Durante meses sobreviví con diez canciones que además de integrarse a la perfección con mi silencio lo hacen con esta ridícula obsesión cromática. Por una vez, os facilitaré el acceso a contenidos culturales gratuítos. Ni el documental ni el libro se ajustan a mi política de no columpiarme con la sgae pero la música es de un amigo y no creo que le importe.

mañanafolder

Mañana (Algunas causas perdidas)

fuegoencasa

Mañana (El fuego en casa)

Yáñez, Laporta y el statu quo

6 January 2010 – 3:25

Disculpadme, hoy la actualidad me tiene atado de pies y manos. Sé que prefeririais saber de mi, de cómo me siento o, sencillamente, ver fotografías de algún veraneo remoto pero, como os digo, hoy la actualidad lleva las riendas.

Resulta, no sé si os habréis enterado, que a un polticucho socialista no le han dejado entrar en Cuba ¡Vaya por Dios! También resulta que los enfermos de SIDA ya pueden entrar a los Estados Unidos ¡Viva el país de las oportunidades! Y resulta que lo primero me la trae al pairo y lo segundo me enerva con caracter retroactivo. Ahora me tengo que pasar el día oyendo, leyendo y/o comentando lo salao que es Obama y lo malvado que es Castro II.

No es injustificada mi postura ante los acontecimientos. Que al tal Yañez le negasen la entrada a Cuba, como que a cualquiera le nieguen la entrada a cualquier país no me agrada pero no deja de parecerme anecdótico. En Dolby Surround y contándolo esos señores de corbata suena a mucho, pero lo cierto es que pasado mañana entrará cualquier otro miembro de su partido con las mismas intenciones y ni le impedirán pasar, ni sabremos de su llegada, ni nada de lo que haga repercutirá en beneficio alguno para nosotros. Sin embargo, durante más de veinte años los enfermos de SIDA han sido “legalmente” rechazados por los Estados Unidos y me he tenido que enterar de rebote y en plena consternación por el dramático caso Yáñez. Creo que sois lo suficientemente inteligentes para entender, si no compartir, la enorme asimetría que pretendo evidenciar.

Por otra parte y para mi desconsuelo españolista, otra vez tengo que defender el catalanismo.

Dicen los genios del periodismo deportivo que Joan Laporta, presidente del F.C. Barcelona, anda metiendo  la política donde no procede. Lo dice también José María del Nido, presidente del Sevilla F.C. y lo dice cuando su equipo luce una bandera de España en sus camisetas. Lo dice poco antes de que los equipos que presiden los dos señores citados se enfrenten  en la Copa del REY.

Todo el que está de acuerdo con el modelo imperante está hablando de política. Todo el que contribuye a reforzar los símbolos existentes está hablando de política peeeeeeero (vuelve atrás, querido lector, y dale un tonillo verdaderamente irritante a ese pero) la mejor forma de conservar el modelo es hacer como que no es una opción sino lo que hay, lo que es, lo que no podría ser de otra forma. Cualquiera que pretenda alterar el statu quo está hablando de política, el resto solo tararea el himno español por pegadizo.

No me gusta remar contra los que van en mi barco, y el independentismo no es plato de mi agrado pero, en este caso mi barco es el de los que pretenden alterar el statu quo y empieza a cansarme tanto veto sobre la mera expresión de posicionamientos políticos, más con argumentos tan falaces.

Para reafirmar la idea de que la política es cuasi omnipresente y, desde luego, mucho más amplia que el despacheo y el hurto mayor, transcribo una definición RAE que seguro conocéis o intuís pero no está de más recordar.

política. Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.

Por último y para no dejaros con mal sabor de boca, calzo un 41, me siento algo abotargado por la persistencia de la lluvia y aquí tenéis

veraneoremoto

Tan remotos son mis veraneos que ni siquiera conservo fotografías. Esto es de una gélida primavera en Mainz.

La muerte del vendedor y el maldito Corte Inglés

5 January 2010 – 4:48

Como lo prometido es deuda y a mi la actualidad me resbala voy a seguir tirando del hilo aquel que sostenía, poco más o menos, que las grandes superficies son muy malvadas pero las más especializadas lo son un poco menos. Continuaré obviando que IKEA o DECATHLON, son conocidas por la clásica jugarreta de instalarse en países sometidos por el primer mundo (que lo de “en desarrollo” no se lo cree nadie) y pasarse los derechos humanos por donde yo la actualidad.

Ahora hablemos de mi. Hará cuatro años, poco más o menos, conversaba con un amigo cuando salió a relucir el nuevo empleo de un conocido común; le habían contratado en FNAC.

- ¿A media jornada? ¡puta precariedad! – comenté para dármelas de rojo.

- No te creas, le pagan muy bien y está a media jornada porque le viene mejor. Vivimos la era de la explotación 2.0.

Borja, el amigo del que hablaba, pensando en la explotación 2.0

Borja, el amigo del que hablaba, pensando en la explotación 2.0

La explotación 2.0, amén de por muchas otras cosas que explicaré en una tercera entrega de esta diatriba sin rumbo, se caracteriza por haber terminado con el concepto de vendedor, que es lo que me interesa en este caso.

Hasta hace bien poco, quisieras lo que quisieras comprar tenías que toparte con un vendedor. Un vendedor es un señor que sabe si su mercancía es buena o mala en función de cuánta gente la compre y que, indefectiblemente, cree que justo lo que tienes entre las manos es lo que más te conviene. Un vendedor de lo único que sabe es de sutiles mecanismos de coacción para evitar que salgas de su establecimiento sin comprar. “¿Te puedo ayudar?” “¿Querías algo?” “Ese es el último que me queda”.

El Corte Inglés, por supuesto, es el paraíso del vendedor. Como los que van tienen pasta, se dejan vender ropa deportiva por un tipo que va engominado y de traje a las diez de la mañana. Como está muy céntrico y el abusivo coste del parking se evita comprando algo, cada vez que tienes que hacer papeleo en Hacienda, te vuelves a topar con la señora de doscientos años que te aconseja sobre los trapitos que andan ahora de moda. El principio rector del Corte Inglés es, como del vendedor, obligarte a comprar.

Por contra el lema de la gran superficie especializada es “más grande y más barato, ya comprarán”. A los individuos antes conocidos como vendedores les quitan las comisiones y les dan un sueldo como es debido. El sueldo, la flexibilidad y el ámbito definido de conocimientos les permite contratar jóvenes formados e increíblemente idoneos para el puesto. Porque ¿que mejor salida tiene el deportista de élite fracasado que trabajar en DECATHLON? ¿Que puede hacer, mejor que trabajar en Beta, un filólogo que no acaba de aprobar las oposiciones? Los ejemplos pueden parecer exagerados pero conozco más de un licenciado en comunicación audiovisual que se da con un canto en los dientes por trabajar en la sección de cine de la FNAC.

La explotación 2.0, fundamentalmente su vertiente más especializada, nos ha librado del vendedor y ha dado un empleo relativamente satisfactorio a esas hordas de jóvenes formados que no encuentran trabajo. El trabajo bien hecho, el consumidor contento y el joven tirando.

¡Ah! se me olvidaba. Como las grandes empresas nunca tienen suficiente, la parte obscena de ganancia que se pierde ajustando precios y contentando al trabajador es cortesía del pequeño comercio desaparecido y/o del don innato que tienen los menores asiáticos para el trabajo manual. Pero de eso ya hablaremos, tenemos todo el tiempo del mundo.

El maldito Corte Inglés

3 January 2010 – 4:01

Hace unos días estuve dando una vuelta por las calles comerciales de Córdoba en busca de un libro que tenía intención de regalar. Concretamente y por recomendación de un buen amigo, buscaba “El Jugador”, de Dostoievsky.

En Zara no lo tenían, ni en Mango, ni en Pull & Bear. Pregunté en Oysho pero tampoco sabían nada de él. Concluí por fin que Inditex, que es la fórmula abreviada para nombrar todas las tiendas de todas las calles comerciales de España, tiene a Fiodor Dostoievsky en algún tipo de lista negra

Recurrí entonces al Corte Inglés, un establecimiento como ideado por la clase política para resolver cualquier contingencia ciudadana. Como con el huevo y la gallina, uno nunca sabe si El Corte Inglés se instaló en pleno centro o el centro creció al abrigo de tan majestuoso espacio de abastecimiento de bienes y servicios.

En El Corte Inglés, puede uno comprar ropa, comida, papel higiénico, palos de golf, colonia, juegos de mesa, mobiliario de jardín, cámaras de fotos, enanos para vigilar el mobiliario de jardín. Puedes pelarte, reservar un vuelo o comprar entradas para un concierto. En el Corte Inglés está todo menos “El Jugador”, de Dostoievsky. Tan raro me resulta que sospecho que se les quedó encerrado entre la montaña de “Los hombres que no amaban a las mujeres” y la de Jorge Bucay/Jorge Bucay con Silvia Salinas/cualquier artículo de papel con el nombre de Jorge Bucay impreso.

elcortinglés

Mi tío busca, inutilmente, un segundo regalo en su funda de corbata

Existe una diferencia crucial entre los mecanismos monopolísticos de El Corte Inglés y Media Markt, FNAC o IKEA. Mientras que FNAC tiene la capacidad de acabar con las librerías, El Corte Inglés puede terminar con la literatura. La FNAC vende libros y a poco que desprecie un género, autor o temática estará dejando de ingresar. Por supuesto que lo verdaderamente marginal no se encontrará en la FNAC pero ese es otro asunto. El caso es que El Corte Inglés no vende libros, vende colonia, relojes y la posibilidad de comprar un libro sin salir del mismo edificio. Podéis reconstruir la frase poniendo el reloj en el lugar del libro. La cuestión, en definitiva, es que El Corte Inglés no se debe a ningún perfil de productor ni consumidor. Su escuálida selección de próductos que por ser los más publicitados aparentan ser la mayoría de los existentes sustituye al verdadero entramado productivo de nuestras sociedades. El comercio especializado, tan cruel y monopolístico como en ocasiones es, al menos cree en algo, en un tipo de mercancia o consumidor.

No quiero parecer integrado, pero no sé si estoy a tiempo de reivindicar el pequeño comercio. Eso lo dejaré a vuestras conciencias y a la mía. Sin embargo si reivindicaré el comercio especializado. De quién y cómo hace los muebles de IKEA ya hablaremos en otro momento, de lo que estoy seguro es de que IKEA no aceptará vender menos muebles ni que la gente deje de amueblar sus casas mientras que sospecho que, que yo lea o no, se la trae al fresco a los señores del Corte Inglés. Y que nosotros leamos es un pequeño pero buen primer paso para evitar que los muebles de IKEA se sigan haciendo como se hacen.

Todo lo aquí escrito puede resultar confuso, o disparatado, quizá lo sea, pero prometo profundizar en todo este asunto en mi próxima entrada. Hasta entonces, esto es lo que hay.

Feliz Navidad

24 December 2009 – 18:00

papanoel

Sois una panda de agufiestas. Que si la navidad la inventó El Corte Inglés, que si consumismo por aquí, que si hipocresía por allá. Pues a mi me gusta.

Todas las sociedades de todos los tiempos han celebrado la abundancia con excesos. Ahora que vivimos tan alejados de las cosechas y nuestro sistema productivo depende del gasto desorbitado, lo más parecido a la recolecta es la paga extra y la ofrenda a Dios es un buen taco de pasta en un mostrador del Corte Inglés.

Nuestros hábitos de consumo, son tan obscenos en Diciembre como en Mayo pero en Navidad nos azota un viento de dignidad y nos llevamos la gamba a la boca con una mueca mientras balbuceamos “qué exceso, cómo nos estamos poniendo y los niños africanos muriéndose de hambre”.

Por supuesto, habrá que señalar que a la familia hay que verla todo el año y no sólo en Navidad pero a mi eso me suena como los políticos de oposición que reclaman medidas y, una vez tomadas, se quejan de la tardanza.

Me parece que la única hipocresía subyacente en la Navidad es el gesto de disgusto que acompaña a los protocolos igualmente saisfechos. Y si el gesto no es hipócrita, es bajo, porque si semejante muestra de prosperidad generalizada no te hace sentir afortunado es que eres un idiota de tomo y lomo.

Feliz Navidad, disfrutadla y daos prisa en retomar la revolución.