Sobre el placer de la lectura y el “otro canon”.
17 enero 2008 – 22:54
Me envía Victor Casco (un saludo fraternal) un texto del escritor y filósofo Jose Luis Sampedro que no difundirle sería convertirme en cómplice de lo que denuncia. Si bien es cierto que contra el canon digital hemos sido activistas y hemos difundido nuestra posición no es menor urgente denunciar el canon a las bibliotecas públicas que se pretende implantar.
Es una cuestión que prácticamente ha pasado inadvertida en nuestros medios de comunicación -incomunicantes- pero que es de gran importancia. Para los que desde pequeños el leer ha sido un placer y un moldeamiento fundamental para el desarrollo de nuestra personalidad este tipo de legislación nos producen un sentimiento de malestar tremendo. Y para los que tenemos a Gramsci en nuestra mesilla de la lectura permanentemente y hayamos asimilado conceptos como los de “hegemonía cultural” y demás esto nos parece un ataque de clase imperdonable. Una sociedad tiene la obligación de en vez de poner trabas a la lectura -y en consecuencia a la formación intelectual de sus miembros- tiene que promocionarla de todas las formas posibles, hacer que el bajo nivel de lecturas que hay en nuestra sociedad -cada vez más extendido- sea posible revertirlo con el objetivo en primer lugar de formar personas con capacidad de formarse opinión y en consecuencia tengan mayor grado de libertad, de formar una sociedad formada para poder afrontar con mejores condiciones los retos que nos plantea el presente y el futuro, en definitiva para tener mejores oportunidades en la vida y poder responder mejor a los avatares a los que somos sometidos. Pero sobre todo porque el leer es un placer, es trasladarnos por muchos mundos, épocas, situaciones, recrear sensaciones que no tenemos en nuestra vida real, una forma de evadirnos de nuestros problemar y pasar ratos agradables. Y además porque el canon es injusto como perfectamente se comenta en el texto.
Ahí va el texto:
POR EL PLACER DE LA LECTURA
Jose Luis Sampedro, escritor, filósofo
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit.
A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos.
Sus ‘clientes’ éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl Marx.
Muchos años después hice una visita a una bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas.
Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.
En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autorcargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
José Luis Sampedro
Pasarlo a vuestras listas de correo para correr la voz. Por el placer de la lectura.
“Si no sabes a dónde quieres ir, no tiene importancia cuál de los caminos tomes”. Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas








One Response to “Sobre el placer de la lectura y el “otro canon”.”
Pedro Antuñano, Jose Luis Sampedro no es filósofo de formación, sino economista. Y por lo que se ve era bastante bueno. Fue el maestro de Carlos Berzosa, quien a su vez ha sido colaborador de Diego Guerrero. Aunque bien es cierto que para ser filósofo, o mejor dicho, para filosofar con lucidez, no es imprescindible pasar por una facultad de filosofía.
By Jorge on ene 17, 2008