Arturo en el trabajo.

12 septiembre 2007 – 16:28

Arturo es un joven de veintinueve años, residente en Madrid, trabajador de la Cadena de Supermercados en el puesto de reponedor de cajas. Decidió abandonar sus estudios al finalizar la Educación Secundaria Obligatoria, pero desde luego esto no tenía nada que ver para darse cuenta de cómo su sueldo llegaba para cada vez menos cosas en relación con la subida de la vida.

Arturo no es alguien que entienda de economía ni esté muy puesto en la política que aplican los gobiernos. Se crió en una familia obrera escasamente politizada exceptuando a su abuelo, quien ya había muerto. Éste había sido un combatiente republicano durante la Guerra Civil y posteriormente militante antifranquista, aunque en los últimos años de su vida perdió prácticamente todo el interés por la política que se desarrollaba en las instituciones. Arturo mantenía largas conversaciones con su abuelo, era algo que le encantaba, pero consideraba que le servían de poco para el presente y el futuro, y es que el abuelo siempre hablaba del pasado, con amargura, de ese pasado que podía haber dado luz a España pero que sin embargo se transformó en noche violentamente. A pesar de todo Arturo cuando escuchaba un Telediario o una conversación sobre política siempre recordaba una frase que le dijo su abuelo cuando le preguntó sobre cuál era la ideología que él consideraba correcta o más cercana a la corrección dentro de lo que cabe. El abuelo, una persona pausada, un intelectual de la vida sin estudios académicos le contestó “hijo mío, has pasado demasiado tiempo conmigo y te he creado una mente anclada en el pasado. Desgraciadamente ya no hay ideologías correctas, o más bien simplemente no hay ideologías, estas han dado paso al nihilismo, es decir, a ese estado en las ideologías han desaparecido de la conciencia de la gente y han sido sustituidas por el fanatismo partidista sometido a la dictadura de los mercados financieros”.

Arturo en su momento no entendió muy bien lo que quería decir el abuelo, y es probable que ahora tampoco lo entendiese del todo, y es que el abuelo sentado en su sillón solía decir cosas con las que nunca se sabía muy bien lo que quería decir. Y a pesar de que siga dudando de su comprensión de la frase piensa que a medida que avanza por los caminos de la vida la va entendiendo mejor, y para ello tiene un indicador inesperado, que no es otra cosa que el suelo recibido a fin de mes y su relación con el coste de la vida.

Han sido elecciones sindicales en el trabajo hace escasos días. Arturo no sabía muy bien qué votar. Había tres opciones: UGT, CC OO y la CGT. De las dos centrales primeras no sentía una especial simpatía, pero tampoco antipatía, simplemente se sentía falto de argumentos para rebatirles o no lo que les decían en la propaganda electoral, y es que había cosas que sentía que nunca llegaría a enteder, como por ejemplo que esas dos centrales sindicales hayan firmado hace escasas fechas una Reforma Laboral y Fiscal que según ellas mejorarán las condiciones laborales pero a la vez escucha que esas condiciones mejorarán a base de formar parte del acuerdo el abaratar el despido, la congelación salarial, el eliminar impuestos a las grandes empresas haciendo de esta forma que haya proporcionalmente menos dinero para la inversión social, etcétera. Arturo no comprende cómo se pueden casar ambos argumentos, pero en cualquier caso le huele mal, pero se siente en cierta medida ignorante para saber por qué le huele mal. Y sobre la tercera opción sindical, la CGT, ya les han indicado que no conviene que les voten, y es que hay a lo largo del país casos y casos de despidos por formar parte de dicho sindicato, que según la patronal es hostil a la dinámica desarrollada por el gobierno, la patronal y los grandes sindicatos. Arturo no conoce a la CGT, no sabía hasta hace poco qué significaban sus siglas, pero siente de alguna manera curiosidad, quizá sólo sea la curiosidad ante lo desconocido, pero también piensa que puede ser que se merezcan con su voto una oportunidad que los de UGT y CC OO llevan años desaprobechando. Pero a la vez siente miedo, se da cuenta de que no es algo seguro, sabe que lleva apenas dos años y medio trabajando en ese centro y que los continuos descensos de la indemnización por despido hacen de él una persona vulnerable.

Finalmente ha decidido no votar, pero se siente molesto consigo mismo. Quisiera tener las cosas más claras, quisiera tener un acceso a la información de forma más fácil, esa información que siente que le hace falta para manejarse por la vida y saber lo que tiene que hacer en situaciones como esas. Arturo dice de él mismo que no es ningún “lumbreras”, pero que a la vez se da cuenta de que el vive en una sociedad determinada, pero que no forma una parte decisiva en ésta.

Y en consecuencia de estos pensamientos un día viniendo del trabajo paró por curiosidad en un mercadillo ambulante y se fijó en unos libros. Estuvo echando un ojo a Rousseau y otros clásicos de la época que estaban en cierta sintonía con dicho autor. Y compró dos libros, una sobre la Revolución Francesa y El contrato social , escrito por Rousseau.

Y vuelve a sentir que no los entiende del todo, que le falta formación, pero algo va comprendiendo. Y con tristeza se da cuenta de que ya no existe la ciudadanía ligada a los derechos sociales, y leyendo los discursos de Robespierre se ha dado cuenta de que todavía no se cumple el nudo central de sus ciscursos: El sometimiento de la economía a la ciudadanía. Por el contrario se da cuenta que es al revés, y que las direcciones de UGT y CC OO tienen razón cuando dicen que la economía va a funcionar mejor abarantando el despido y eliminando impuestos a los grandes capitales. Otra cosa es que para que esa economía vaya bien él se tenga que ver sometido a un consumidor potencial y obediente u alguien que sobra en la sociedad.

Seguirán las vivencias de Arturo…

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