1º Burka, 2º Gitanos, 3º…

20 agosto 2010 – 7:48

Como siempre, Francia por delante de España. El uso de la prohibición de inexistentes burkas como forma de declarar la superioridad de los valores occidentales sobre los musulmanes (lo que viene a ser el racismo de toda la vida) comenzó en Francia hace ya más de un año. En junio del año pasado Sarkozy anunció que el burka no es bienvenido en Francia, del mismo modo que uno puede anunciar que en Chamberí recibiríamos a regañadientes la reducción de cabezas practicada por los shuar (jíbaros, vaya).  Leer el resto de la entrada »

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La leyenda del comunicado trampa

19 agosto 2010 – 8:33

Durante la tregua de 1998 uno de los principales obstáculos fue la kale borroka, cuya intensidad se aumentó bastante probablemente para ganar fuerza negociadora por parte de la izquierda abertzale. Ello no impidió a Aznar seguir negociando (acertadamente) ni llevó a ningún partido de la oposición a exigir el fin de las negociaciones por la quema de contenedores, autobuses, etc. Pero introdujo una tensión que ayudó a quienes querían que ETA y sus asesinatos siguieran siendo protagonistas de la política española y vasca, como finalmente sucedió. Leer el resto de la entrada »

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Sharon en Melilla

18 agosto 2010 – 18:31

Aznar nunca fue a Ceuta ni a Melilla como presidente del gobierno. Sólo se presentó allí a dar mítines en campaña electoral. Hoy, en cambio, ha decidido animar el veranito dándose un paseo por Melilla. La mejor explicación de por qué lo ha hecho es la quee Samuel ha dado en twitter:

Quiere hacer como Ariel Sharon cuando visitó la explanada de las mezquitas en Jerusalén. Liarla

Claro, que también está el resumen de McShuibhne:

La culpa no es de Aznar, es de quien le pone un micrófono delante a un enajenado

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Liderazgos

18 agosto 2010 – 8:09

En la izquierda siempre ha estado muy desprestigiada la apelación al liderazgo personalista. Se ha apelado (incluso con cierta hipocresía a veces) al carácter coyuntural del puesto, a que uno no es líder sino dirigente, a la toma colectiva de decisiones… Incluso el término vanguardia se usa hoy como crítica: casi nadie se reivindica públicamente vanguardia, sino que se arroja a la cara de otros como reproche. Sin embargo, últimamente ha habido dos apelaciones al liderazgo que me producen cierta sorpresa.

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Qué impuestos

17 agosto 2010 – 8:26

El domingo se largó José Blanco unas reflexiones sobre lo bajos que son los impuestos en España y que así no hay quien tenga los servicios que tiene Europa. Al día siguiente el Ministerio de Economía anunció que las reflexiones de Blanco son sólo lo que su nombre indica: dobles flexiones como aquella subida de impuestos a las rentas más altas que se iban a producir en breves semanas según otra reflexión de Zapatero en Mayo, mes de la virgen y las flores.

Es cierto que España tiene una presión fiscal bochornosamente baja. Y que por culpa de ello llamar a esto estado de bienestar es como llamar a Fabra ciudadano ejemplar. En España se recauda aproximadamente el 37% del PIB mientras que los países con estado de bienestar recaudaban en torno al 55% (Dinamarca y Suecia han ido abandonando la socialdemocracia y ahora están en el 48% y 47% de presión fiscal respectivamente: más de un 10% por encima de España).

Decir que van a subir los impuestos es como decir que van a subir las subvenciones: puede estar muy bien si se sube la subvención a bienes de primera necesidad o muy mal si se subvenciona la compra de bombas de racimo. Dígame sobre qué impuestos reflexiona y le diré si estoy de acuerdo.

Los problemas fiscales en España son varios, pero especialmente dos (muy relacionados): la injusticia fiscal y el fraude fiscal. Las empresas pagan de media muchísimos menos impuestos que los trabajadores y si usted quiere pagar menos impuestos haría una idiotez poniendo un pequeño bar que genere algo empleo: lo suyo es que apueste lo que tenga en la bolsa, que las rentas del capital están mucho mejor miradas porque crear empleo es una ordinariez.

En los presupuestos de 2010 ya hubo anticipos del tijeretazo: uno de ellos, el más insultante, fue el recorte del 5% en el gasto en inspección fiscal. Así, en un país cuyos ricos (los trabajadores tienen muy difícil defraudar algo más que el IVA del fontanero) se escaquean de gran parte de sus impuestos lo mejor para tener menos déficit (gastos-ingresos) es investigar menos el fraude fiscal para que haya… menos ingresos.

Hace tiempo que sabemos que lo que este gobierno dice no llega ni a una flexión simple. Como cuando recortan el gasto en carreteras hasta que las constructoras tosen: rectifican y proponen un guateque a los señores constructores, que prefieren aplazarlo que ahora están de vacaciones. En España hace falta una profunda reforma fiscal que se olvide de aquella idiotez según la cual bajar los impuestos era de izquierdas, que  rectifique la eliminación del Impuesto de Patrimonio, fiscalice las sucesiones y donaciones y prohiba las SICAV, haga progresivo el impuesto de sociedades… Por supuesto, el incremento de impuestos debe ser progresivo, mientras que en los últimos años se han recortado los impuestos progresivos y se ha aumentado el IVA, las tasas y cualquier otro impuesto que castigue más a los trabajadores. Y deberíamos multiplicar el gasto en inspección fiscal: gastemos 10 para ingresar 30.

Pero nada de eso llegará mientras no lo manden los señoritos y como los señoritos no parecen demasiado preocupados por ningún gasto que no sea el gasto en cemento, si hay incremento fiscal será el mínimo para que los curritos paguen las carreteras que cobra Florentino. Lo de este gobierno no es la reflexión, sino la genuflexión.

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Según qué chantaje

16 agosto 2010 – 7:59

La semana pasada un coche bomba estallaba en Bogotá junto a un edificio en el que entre otras empresas está Radio Caracol. Pocas horas después entrevistaban a una periodista de esa cadena en la SER. Decía que la mejor respuesta a la bomba era no ceder al chantaje de los terroristas. Nadie le preguntó si sabía qué pedía quien puso la bomba, para saber qué era lo que no había que hacer. Al fin y al cabo la frase es una de esas consignas que los españoles nos sabemos de memoria.

Pasados los días seguimos sin saber quién puso la bomba y con qué objeto, pero parece dudoso que hayan sido las FARC inmediatamente después de la investidura de Santos, al que habían ofrecido un diálogo para la paz al que Santos se mostró tímidamente predispuesto. El Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos de la ONU tenía las mismas sospechas que tendríamos cualquiera:

Nos llama la atención que este atentado ocurra en los inicios del Gobierno de Juan Manuel Santos, cuando la Corte Constitucional estudia la inconstitucionalidad de las bases militares norteamericanas, los anuncios de la oposición de debatir la existencia de fosas comunes de dimensiones catastróficas y, sobre todo, cuando sectores de opinión sugieren la posibilidad de acercamientos para el diálogo y nuevos esfuerzos para una salida al conflicto. Hay que mirar a qué intereses conviene un atentado de esta naturaleza.

Si se confirmara una vez más el viejo cui prodest suponemos que quienes no pensaban ceder al chantaje de los terroristas defiendan ahora vivamente el cierre de las bases americanas, la investigación de las fosas comunes y, sobre todo, el establecimiento de un diálogo para conseguir una paz justa en Colombia.

No será así: esa resistencia a cumplir lo que se pida mediante chantaje sólo es un requisito cuando lo que se exige es lo contrario de lo que deseamos. No sólo con las bombas. Nadie niega que a principios de mayo se produjo un ataque de grandes especuladores contra el euro y algunos países en concreto (España especialmente) para forzar a los gobiernos a aplicar un shock neoliberal: no se escuchó la consigna de rigor según la cual la respuesta del gobierno tenía que ser no ceder al chantaje y lanzar una ofensiva social para hacer precisamente lo contrario de lo que pretendían los chantajistas.

En realidad la actitud digna ante cualquier chantaje es seguir el camino que uno se tenía trazado y tomar las medidas para que el chantajista no pueda hacer ningún daño. ¿Qué tendría que hacer Santos según la periodista de Radio Caracol? ¿Esperar a ver quién es el autor de la bomba para aplicar una política o su contraria? Quienes tanto apelan a la no cesión al chantaje rara vez defienden esa salida digna de mera indiferencia a lo que se pida con el chantaje, sino que usan al enemigo violento como excusa para cohesionar y atrincherar a la sociedad para que acepte lo que sea en respuesta. Cuando el chantaje es amigo no se apela a la dignidad sino siempre al pragmatismo, a tomar las amenazas como peligros serios que hay que tener en cuenta.

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Reporteros sin caretas

14 agosto 2010 – 11:18

La batalla por la libertad de expresión se librará en Internet

Dolores Masana, presidenta de Reporteros Sin Fronteras-España, mayo de 2010

Hace unas semanas se publicó un ingente dossier que desmontaba la versión idílica de la guerra de Afganistán. Fue justo cuando nos enteramos de que los buenos (nuestros ejércitos allí presentes) habían matado una vez más a 39 mujeres y niños. Ni el dossier ni la matanza fueron dados a conocer por los gobiernos occidentales como sería su obligación si consideraran que la transparencia es una condición sine qua non para la democracia. Tampoco por la prensa ordinaria de nuestros países, como se esperaría si efectivamente funcionara como vigilante del poder. La matanza fue anunciada por Karzai (por alguna razón que desconocemos entre las que podemos descartar la transparencia y algún sentimiento humanitario). El dossier fue publicado por Wikileaks, un portal que aprovecha la legislación sueca para permitir la difusión de aquellos materiales que los gobiernos quieren ocultar a sus poblaciones.

El Pentágono, casi nada, se puso a trabajar en la presión contra el portal de internet. Le exigió que borrara de su web toda la documentación y entregara los papeles a EEUU, le amenazó para que no se atreviera a publicar el resto de la información que tuviera y persiguió a quien dicen que ha filtrado el dossier (mientras encarcelaba a un soldado por difundir un vídeo en el que se mostraba al ejército estadounidense matando civiles en Bagdad).

Era de esperar que una organización autodenominada Reporteros sin fronteras se pusiera del lado de quienes dan a conocer una información que demuestra las mentiras que han contado nuestros gobiernos sobre un asunto tan relevante como la ocupación militar de un país durante casi una década. Sin embargo, no ha sido así. El presidente de Reporteros sin fronteras ha escrito una carta a Wikileaks haciendo suyo el reproche del Pentágono: han puesto en riesgo la vida de los colaboracionistas con los ejércitos ocupantes, han cometido una increíble irresponsabilidad, y la publicación supone un mal precedente para el futuro de Internet (ver cita supra de lo que decía hace un par de meses sobre Internet la presidenta de RSF España: era para criticar a otros gobiernos malos, no para defender al buen gobierno estadounidense). El lema de Reporteros sin fronteras es Si no lo contamos, no existe y regañaban a Wikileaks por contar algo que hasta entonces parecía no existir.

Cuando una organización quiere vigilar al poder lo primero que intenta es ser independiente de él. Veo en la página de Reporteros sin fronteras- España la lista de socios institucionales y patrocinadores de la organización. Están casi todas las grandes empresas de comunicación (desde Sogecable a Antena 3 pasando por los grupos Godó y Zeta), canales públicos tan limpios como Telemadrid y Radio Televisió Valenciana, organismos gubernamentales como el gobierno (Ministerio de Exteriores y Ministerio de Fomento -¡?-), la Comunidad de Madrid, el gobierno Vasco y empresas como El Corte Inglés. ¿Se imagina alguien que con semejantes dependencias económicas, Reporteros sin fronteras denunciara que El Corte Inglés impida la difusión de libros sobre El Corte Inglés o que esta empresa tenga silenciados a todos los medios que necesiten publicidad para su supervivencia financiera? ¿O que criticara el reparto de licencias uniformemente ultraderechistas de la TDT en la Comunidad de Madrid?

Ya tuvimos un ejemplo sobre el rendimiento que obtiene el gobierno valenciano al financiar a través de RTVV a Reporteros sin fronteras. Hace unos meses Reporteros sin fronteras publicaba un dossier titulado Depredadores de la libertad en el que denunciaba que todos los malos del mundo eran malos de verdad, mientras que los buenos (Berlusconi, Uribe) no existen (si no lo contamos…); en Afganistan el malo es el Mulá Omar, único depredador de la libertad que aparece en el dossier, pese a que no sabemos siquiera si está vivo, mientras en Irak no hay peligro alguno: ese agradable país no tiene depredadores de la libertad (desde que sacamos de ahí a Saddam, se entiende). El mismo día que presentaban tan imparcial dossier en Madrid, se inauguraba en la misma ciudad la exposición que el gobierno valenciano había prohíbido en su territorio: una exposición de reporteros fotográficos que incluía incómodas fotos del clan Gurtel. Ni una palabra sobre esa exposición: quien encuentre un sólo reproche de RSF por la prohibición de la exposición se ganará un azucarillo.

Reporteros sin fronteras ha tomado un nombre extremadamente amable para disfrazarse de algo que no es: pasaría por ser una organización de defensa de la libertad de expresión frente al control de los poderosos pero vemos que es precisamente una organización controlada por aquellos que deberían ser vigilados por ella. No tendrán fronteras, pero las dependencias son evidentes. Es, sin más, un instrumento de quienes ponen vigas en los ojos de todo el mundo para señalar la paja en los ojos de sus enemigos.

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Dejad que se acerquen a mí cuando todavía son niños

13 agosto 2010 – 7:53
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Antonio Cañizares, de profesión cardenal, apuesta por la celebración de la primera comunión a los siete años de edad. Se basa en una interpretación menos criminal que la vigente del “dejad que los niños se acerquen a mí” y argumenta la necesidad de volver a esa edad por el “ambiente tan adverso en el que crecen [...] que no les anima a ser lo que Dios quiere de ellos, muchos, víctimas de la familia“.

Miente Cañizares. Esa no es la razón: si el problema fuera la familia (¿la familia ya no sólo no importa, sino que ahora es un ambiente adverso?), lo que Cañizares propondría sería que se retrasase la administración de sacramentos hasta la edad adulta: cuando las personas emancipadas pueden descubrir por sí mismas lo que Dios quiere de ellos alejados de la hostilidad a Dios que se vive en las familias de las que son víctimas. Precisamente a menor edad mayor influencia tiene la familia en las creencias supersticiosas de los niños: a esas edades hay quienes creen que existen Papá Noel y/o los Reyes Magos e incluso quienes dejan un diente debajo de la almohada porque sus padres les han dicho que un roedor se lo cambiará por un agradable regalito.

Lo que es hostil a las religiones no es la familia sino las sociedades cada vez más secularizadas en las que la religión (no sólo la católica) pierde peso irremediablemente.  El camino de la secularización iniciado con la Ilustración aparece imparable mientras las organizaciones religiosas (al menos las formas mayoritarias de los tres monoteísmos del libro) caminan a garrotazos hacia la caverna. La última encuesta del CIS al respecto es una prueba evidente del camino que lleva nuestra sociedad (como otras en Europa) y el que tiene por delante. Un 22.4% de la población se declara ateo o no creyente (sin que uno sepa qué diferencia hay entre ambas denominaciones) mientras un 74% se declara católico y un 2.1% creyente en otra religión. El porcentaje de autoproclamados católicos ha bajado en la última década a más de un 1% por año: en 2000 era el 85% de la población encuestada. Y la tendencia se acelerará por causas naturales: el 90% de los mayores de 65 años se declaran católicos y el 7% ateos o no creyentes; entre 18 y 24 años los creyentes son el 56.9% mientras los ateos o no creyentes suman el 40.1%. Y en los tramos intermedios la tendencia es clara: a mayor edad más catolicismo, mientras las generaciones jóvenes están cada vez más lejos de dioses y de sus vicarios. En ninguno de los tramos de menos de 54 años el número de personas que asisten todas las semanas una o más veces a misa supera al de personas ateas o no creyentes.

En tales circunstancias es lógico que la Iglesia se plantee que su reclutamiento dependa de que la decisión la tome gente que ahora tenga la mayor edad que se pueda. Si la toman los padres mejor que si la toman los hijos; y si hay cuatro abuelos presionando, mejor que si sólo queda uno o ninguno. Todo eso es más probable si las inmersiones religiosas se hacen en los primerísimos años de edad que si los bautizados esperasen a tener derecho al voto, por ejemplo.

En una charla sobre laicismo que organizamos en Chamberí hace unos meses definimos sociedad laica como aquella que da a las asociaciones religiosas el mismo trato que a cualquier otra asociación ideológica y a la religión el mismo trato que a cualquier otra ideología. A los 7 años ningún niño tiene capacidad para evaluar críticamente una ideología. Por eso no nos dejan afiliarnos a partidos políticos hasta los 18 años y están prohibidos los colegios e institutos que sean propiedad de partidos.

Cañizares trata de impedir la normal secularización de la sociedad. Ello sería legítimo si no tratase de forzar la voluntad de quienes todavía no la tienen formada. Están intentando que siempre decida el más viejo por el más joven, porque saben que aquél será con mayor probabilidad adepto. Si no, alguien tendrá que explicar cómo podemos haber pasado en tan poco tiempo de pensar que a los 16 años las mujeres son niñas cuya responsabilidad debe estar en manos de su entorno familiar a decidir que a los 7 años los niños están en el cénit de su autonomía individual pese a la presión anticristiana de su entorno familiar. Al lado de este misterio, la Trinidad no tiene secretos.

_____________________________

NOTA: La diferencia entre ateos y no creyentes (22.4%) y los creyentes de religiones minoritarias (2.1%) es otro dato importantísimo en un país en el que se tiene mucho más en cuenta a las religiones minoritarias que a los que no tenemos ningún ídolo sobrenatural pese a que somos diez veces más. Especialmente si los privilegios católicos se argumentan porque son más, pese a que por cada persona que no cree en dioses ya sólo hay tres católicos.

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De excursión al tajo

12 agosto 2010 – 7:55

Ayer publicó la Comunidad de Madrid las conclusiones de un estudio según el cual los madrileños recorremos cada día 11.8 kilómetros para ir de nuestra casa al trabajo. La mitad de los madrileños trabaja en un municipio distinto al de su residencia. Y hay 25.ooo personas que recorren diariamente más de 50 kilómetros para ir a trabajar. El propio estudio señala que se están constituyendo zonas de concentración de empresas diferenciadas de las zonas residenciales. Y que muchos habitantes de Guadalajara y Toledo vienen a trabajar a Madrid.

El tipo de la Comunidad que lo presentó decidió que estos datos son muy positivos porque “se acerca paulatinamente a la distancia que tienen que recorrer los ciudadanos de las 25 regiones económicamente más dinámicas de Europa” (dinamismo es movimiento, por lo que efectivamente las grandes distancias generan dinamismo).

Cualquier persona con dos dedos de frente, en cambio, lo señalaría como una faena. En primer lugar para el medio ambiente, porque casi todos esos desplazamientos suponen medios de transporte que contaminan en mayor o menor medida (sólo los peatones y las bicis no contaminan: el metro y el autobús contaminan mucho menos que los coches y motos). Además porque los trabajadores pierden un montón de tiempo en el desplazamiento lo que resta aún más tiempo de vida personal (¡con lo que nos importaba la familia!). E incluso por el gasto público que supone la necesidad de invertir en infraestructuras de transporte para que sean posibles todos estos desplazamientos. Por no mencionar el riesgo de accidentes durante el desplazamiento o incluso la vulnerabilidad económica de la Comunidad en caso de huelgas de metro o nevadas que paralizan una ciudad tan lejana de sí misma.

Un mínimo principio de justicia y solidaridad (palabras ambas consideradas barbarismos por el gobierno madrileño) haría también lamentarse por la concentración de empresas en el centro de Madrid generándose una mayor dualidad entre un distrito financiero y barrios, pueblos y ciudades obreros. Lo ideal sería que las empresas estuvieran allí donde viven los trabajadores repartiendo territorialmente la riqueza, mejorando el medioambiente de todos, evitando los atascos insoportables y favoreciendo que las ocho horas de trabajo sean ocho y no diez.

Más allá del lamento es difícil pensar en cómo fomentar que las empresas se desconcentren, cómo incentivar que los barrios obreros sean también barrios donde hay trabajo, que las empresas opten por trabajadores del barrio, aparte, claro está, de fomentar un sector público municipal. Así, de primeras (y sin haber valorado demasiado si es un disparate o no), se me ocurre que no sería malo hacer variar la cotización social de la empresa en función de la distancia del hogar del trabajador a su puesto de trabajo. Si, por ejemplo, los seguros sociales subieran un 1% por cada kilómetro de distancia entre el centro de trabajo y el lugar donde vive el trabajador al principio de la relación laboral, las empresas tendrían una buena razón para ubicarse allí donde viven los trabajadores. Y sería una medida bastante justa dado el coste que supone para toda la sociedad. Habría que introducir más medidas correctoras para evitar que ello generara que fueran los trabajadores los que cambiaran de residencia produciéndose la despoblación de las zonas pobres, pero uno sospecha que pocos trabajadores en paro pudieran irse a vivir a la Castellana para encontrar un trabajo mejor. ¿Se os ocurren otras medidas posibles?

En cualquier caso, la presentación de las grandes distancias entre trabajo y empleo como un rasgo de modernidad muestra que, una vez más, para algunos esa modernidad significa que vivamos peor y más cerca del abismo.

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Y la crisis de la derecha, ¿qué?

11 agosto 2010 – 7:58

Debo confesar, de entrada, que no sé muy bien si lo que está en crisis es la izquierda o la noción, el conocimiento -y la propia asunción- de lo que izquierda sea.

Izquierda en crisis y periferia europea. Xosé M. Beiras, El País, 1 de diciembre de 1984

No porque la crisis de la izquierda sea un argumento de la vieja o nueva derecha deja de ser real. Esa crisis existe y activa la falta de capacidad de respuesta social a la situación de desesperanza que caracteriza a la sociedad civil de Occidente, una sociedad que ni siquiera tiene el proyecto de hacer algo para sobrevivir, que se limita a asumir cotidianamente que la han dejado sobrevivir.

La crisis de la izquierda, Manuel Vázquez Montalbán, El País, 6 de mayo de 1984

La izquierda, como el teatro, siempre se ha sentido en crisis. En las últimas semanas ha vuelto a abrirse un debate en torno a la supuesta crisis de la izquierda a raíz de un artículo en El País de Sami Nair contestado por Juan Torres y por Carlos Martínez. Desde que uno tiene memoria la izquierda ha debatido sobre su eterna crisis (lo cual es un oxímoron: crisis significa cambio): ello ha facilitado la desmovilización por depresión y la división pues cada posición dentro de la izquierda ha señalado a los otros como causa de la crisis. Esas desmovilización y división han reforzado la idea de crisis de la izquierda, generando más desmovilización y más división.

Durante las cuatro últimas décadas la crisis de la izquierda era una crisis de hegemonía ideológica: la derrota de la socialdemocracia europea en los 70, el auge del neoliberalismo y la caída del bloque soviético fundamentaron una profunda implantación de las propuestas de desmantelación de lo público para entregarnos en manos del libre mercado: no sólo porque fueran más fuertes, sino porque caló hasta los huesos la idea de que lo privado funcionaba mejor que lo público, la de que no existían clases sociales ni siquiera la sociedad sino individuos cuyo egoísmo mejoraría el mundo, la de que los políticos sólo podían enmerdar la economía porque una mano invisible era mucho mejor que una mano elegida por el pueblo (¿qué es eso del pueblo?).

Si hoy hay una crisis de la izquierda es una muy distinta a esa. El neoliberalismo nos está arreando a base de bien, sí, pero en muy poquito tiempo ha perdido buena parte de su hegemonía ideológica. El propio poder económico ha recurrido al Estado para salir a flote: la patronal española pidió un paréntesis en el capitalismo y esta misma semana las inmobiliarias pedían al Estado subvenciones que reflotaran su negocio. Sarkozy, hombre de derechas como pocos, reconocío que el capitalismo tenía que refundarse para sobrevivir al momento actual: en cuanto se dieron cuenta de que no había refundación del capitalismo posible decidieron radicalizarlo en una huida adelante. El paradigma de la no intervención del Estado en la economía se ha esfumado. El desastre al que nos ha llevado la desregulación de los mercados financieros ha arruinado la imagen de esa banca privada eficaz que garantizaba el crecimiento perpetuo de la economía: si se hubiera hecho una encuesta hace cinco años y se hiciera otra hoy sobre la necesidad de una banca pública, el cambio en la opinión pública sería sorprendente.

Durante todos estos años de hegemonía ideológica del neoliberalismo las grandes empresas transnacionales han forzado a los gobiernos a tomar decisiones que las favorecieran. En los casos menos violentos la amenaza con trasladarse de un país a otro ha forzado una competitividad a la baja en derechos sociales y tipos fiscales. Pero nunca como en los últimos tres meses los gobiernos han reconocido que tomaban esa decisión por la amenaza de los poderosos: el neologismo dar confianza a los mercados es un reconocimiento bastante explícito de que se está cediendo a una correlación de fuerzas, no a una ciencia económica. Aznar y Felipe González defendieron que sus políticas neoliberales eran las correctas, lo moderno; Zapatero tuvo que reconocer hace unas semanas que “la capacidad de intervención del Gobierno en la economía libre de mercado se han revelado lo más difícil.” No es que no se deba modificar el paradigma de política económica, es que es muy difícil, porque aquí manda quien manda. Aquella definición de los gobiernos como consejo de administración del capitalismo hoy choca con la percepción general de que los gobiernos son vasallos voluntarios del capitalismo: en esto Marx y Engels se quedaron cortos ante lo que aparece como una percepción generalizada.

La izquierda europea (aquella porción de nuestras sociedades que rechaza activamente las políticas neoliberales en busca de la emancipación de los colectivos e individuos) está débil y, sobre todo, profundamente desorganizada. Además hereda la inercia de la desmovilización de tantos años. Empieza tímidamente a ponerse en pie, a reagruparse, a entenderse, mientras la ciudadanía recibe durísimos golpes de las polifacéticas derechas.

Pero por primera vez en mucho tiempo es la derecha la que no tiene discurso, la que golpea como el matón de discoteca: no porque tenga razón, sino porque tiene más músculo. El discurso de la izquierda, en cambio, sí está consiguiendo una aceptación muy superior a su capacidad para que esas ideas se transformen en prácticas sociales, en organización y en contrapoder. Un ejemplo evidente lo citaba ayer Pascual Serrano: según una encuesta de El País “el 44 % de los votantes del PSOE y el 48 % de los del PP consideran que la huelga convocada por los sindicatos está justificada. Sin embargo, sólo el 25 % de los primeros votantes y el 29 % de los segundos participarán con seguridad o probablemente.”: las ideas van por delante de los actos. Otro ejemplo del avance en hegemonía ideológica es que un periodista tan moderado como Iñaki Gabilondo cerrase el curso denunciando la existencia de una dictadura de los mercados (aunque para dar luego paso a una tertulia profundamente neoliberal): ese discurso, que pocos meses antes sólo aparecía en estos márgenes, es otro síntoma de que el centro del debate se está moviendo rápidamente.

La izquierda tiene problemas cuyas soluciones son complicadas, sí. Pero lo que durante tantos años hemos llamado crisis de la izquierda se basaba en el hundimiento ideológico: esa crisis la tiene hoy la derecha.

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