Ese tal Obama, ¿quién es?

9 September 2008 – 9:04

En los últimos días se ha producido un interesante (por matizado) cruce de artículos entre personas de Izquierda Unida sobre Barack Obama. Primero fue Pedro Chaves en Público, después Juan Peña en su orilla pucelana y finalmente Ignacio Blanco en su optimista voluntad. Se trata de saber si Obama representa algo sustancialmente diferente en la política estadounidense (es decir, mundial) o si es más de lo mismo pero con un disfraz diferente.

Parece innegable que el disfraz sí es relativamente novedoso. O al menos lo era al principio de su carrera dentro del Partido Demócrata:. Hace meses que no se le escucha ninguna de aquellas cosas que a algunos nos permitieron albergar cierta ilusión: decía que él se reuniría con cualquier líder político extranjero, incluidos Chávez, Ahmadineyad o incluso los Castro. Era un comienzo tímido, pero extraordinariamente distanciado de su golpista y genocida antecesor. Cuando éste era el mensaje de Obama, parecía imposible, según las encuestas, que nadie le pudiera hacer sombra electoral. Su lema ‘Sí, podemos‘ hacía referencia a que se podían hacer las cosas de otra forma: iba dirigido a los inscritos en las primarias del Partido Demócrata. Desde que se vio elegido candidato y su objetivo electoral pasó a ser el americano medio, su mensaje cambió profundamente: sabemos ahora que Israel merece su apoyo incondicional, que las tropas que se llevará de Irak serán usadas para seguir masacrando a los afganos (con nuestra entusiasta ayuda) y que mantendrá el bloqueo a Cuba. Su cambio de mensaje ha coincidido con la caída en las encuestas: ahora mismo lideradas por McCain. Su lema ‘Sí, podemos‘ se refiere ahora a que pueden ganar las elecciones.

¿Quiere esto decir que Obama ha cambiado de ideas en tan sólo unos meses? No, quiere decir que ha cambiado de táctica electoral. Eso es lo único que sabemos de él: qué táctica usa. Como dice Pedro Chaves, esa táctica puede servirnos como síntoma para el análisis de posibles cambios en la sociedad estadounidense. Si funciona el mensaje más sensato y se atascan las tácticas basadas en la reacción, podemos pensar que el pueblo estadounidense es sustancialmente diferente a sus gobiernos. Es algo que ya podíamos intuir: nadie debe olvidar que la manifestación que marca el inicio del movimiento antiglobalización es la de Seattle en 1999. El pueblo estadounidense (los pueblos estadounidenses) son tan dignos de aprecio o de desprecio como cualquier otro. Lo que ocurre es que la ‘democracia‘ estadounidense tiene muy poco que ver con su pueblo, que pinta más bien poco.
Entre los aspectos que permiten defender esta última frase, el principal es el de la financiación de las campañas electorales. Quien obtiene más pasta, gana. Y la pasta la aporta quien la tiene. Hace unas semanas escribía un artículo Vicenç Navarro que explicaba cómo es imposible que haya una reforma de la sanidad pública estadounidense porque las grandes empresas farmacéuticas y médicas se vuelcan en la financiación de las elecciones: ningún presidente hará nada que perjudique sus intereses. Así con todo.
Obama da básicamente igual. No sabemos nada de él, pero tampoco importa. ¿Habrá cambios en Estados Unidos? Posiblemente: quizás la crisis financiera actual haga ver a algunos poderosos que hace falta un giro lampedusiano para poder mantenerse en sus eternas posiciones. Por ejemplo, los desastres de Irak y Afganistán acaso sean demasiado caros para alguna parte del poder económico estadounidense (para otra parte es muy rentable) sin haber conseguido apoderarse de las fuentes energéticas con la comodidad prevista. Si realmente hacen tal análisis, probablemente la política exterior estadounidense cambie. Pero los gobiernos estadounidenses están atados como ningún otro por los poderes económicos de su país: EUA no es una dictadura, pero desde luego tampoco es una democracia.

Y sin embargo, yo también prefiero que gane Obama. Más que nada porque resultaría repugnante que el Partido Republicano obtuviese una recompensa tras sembrar de muerte el mundo. Del mismo modo que supuso un alivio que el PP obtuiese con la foto de las Azores y las mentiras del 11-M la indicación de salida. Sería un alivio y una señal para el futuro: con el pueblo no se puede jugar tanto.

Uno de los momentos más humillantes de la historia de España fue cuando Aznar entró en la ejecutiva del PP tras un resultado aceptable en las elecciones municipales de 2003: “¿Veis cómo no pasaba nada por lo de Irak?“, dijo con cierta razón. Ojalá Bush no pueda volver a humillar así a sus súbditos. Pero esto es una cuestión de vísceras, no de política.

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