En el Imperio (IV): Gigantes y pies de barro
22 agosto 2008 – 17:20Es una experiencia bastante útil (y muy cara: ¿cómo y cuándo demonios terminaré de pagar este viaje?) haber ido en el mismo año a Roma y a New York. En Roma uno puede ver los vestigios de un imperio que cayó, el Imperio Romano, y la sede de un imperio religioso cuyo poder es menguante: el Vaticano. En New York está el centro del imperio que domina en la actualidad: New York no es la capital de Estados Unidos, pero es claramente la capital del capitalismo.
Cuando en febrero visitamos el San Pedro del Vaticano, nos conmovimos. Efectivamente aquello daba una imagen de eternidad y de invulnerabilidad que daban ganas de rendirse y convertirse. Ese era el objetivo de una tal demostración de fuerza: quien lo contemple debe quedar convencido de que ésa es la residencia de un poder invencible. En la misma ciudad, junto al foro, se encuentra el Coliseo, construido dieciséis siglos antes que San Pedro del Vaticano. Probablemente aquel Coliseo (entre muchas otras enormidades arquitectónicas) permitiese a los romanos dar una imagen de eternidad a su imperio. Pocos siglos más tarde el Imperio cayó. Y el imperio católico anda perdiendo peso a marchas forzadas, especialmente en Europa, donde la secularización es un hecho que emerge de la sociedad sin que haya un Rouco que pueda evitarlo.
Cuando uno pasea por entre los templos del poder económico tiene una sensación parecida: el obsceno Rockefeller Centre, los rascacielos de Midtown (sospecho que el Distrito Financiero, al que iré cuando termine de escribir estas líneas y que es donde estaban las Torres Gemelas),… dan la sensación de mostrar un poder invencible, que ha venido para quedarse y contra el que nada podemos hacer los pequeños insectos que sólo aspiramos a subir a la planta 86 del Empire State Building y ver la grandiosidad de la capital del capitalismo. Más inquietante aún es la sensación que produce media hora de tránsito por Times Square, el centro mundial del consumismo. Los madrileños conocemos un poquito el horror, si hemos intentado pasar por la Puerta del Sol en fechas navideñas (la línea 1 de metro no para en Sol en diciembre para intentar conseguir paliar la aglomeración). Aquí un lunes de agosto es como un sábado navideño en Sol. No quiero imaginar cómo será esto en esas fechas. Es imposible pasar por Times Square sin necesitar inmediatamente una ingesta masiva de aspirinas y/o cervezas. La diferencia entre lo que expone Times Square y los edificios financieros es que para que los segundos sean imponentes basta un tipo con mucho poder, capaz de ordenar su construcción. Para que Times Square funcione es necesaria la colaboración de la gente: las luces de neón no pasarían de ser un escenario impotente si no hubiera un inhumano trasiego de personas. Los rascacielos muestran la existencia de poderosos; Times Square muestra la complicidad con ellos de muchos de quienes no tienen poder.
Y sin embargo es engañoso. En aquel viaje a Roma también daba la impresión de que el mundo entero era cómplice de la curia vaticana. Ver la adoración que sentían decenas de personas ante la tumba de Karol Wojtila era descorazonador. La razón, sin embargo, le daba a uno datos de que el imperio vaticano se debilita lentamente aunque sea por la inercia de la ciencia y del anquilosamiento de su imaginario metafísico y moral. Una distancia parecida hay que mantener con la obscena demostración de fuerza que presenta el capitalismo en New York: es un espectáculo digno de observación e incluso admiración, pero no nos tenemos por qué creer su mensaje.















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One Response to “En el Imperio (IV): Gigantes y pies de barro”
¡Qué bien escribes muchacho!
By Javi (Kaneda) on ago 22, 2008