Renovarse es vivir
12 agosto 2008 – 8:06Una de tantas cosas que han tenido en común los congresos del PSOE y del PP es que ambos han apostado por un cambio de los dirigentes (y que ambos lo han hecho sin cambiar de máximo dirigente). En realidad, la cosa es poco más que estética, pero es curiosa. El PSOE, justo después de ganar las elecciones y antes de empezar a perder ventaja por la suave desaceleración que nos ocupa, y el PP tras la derrota electoral. Ambos entienden que o se meten a cambiar siquiera las caras o se pudren (o quizás, que su podredumbre sería menos escondible). Tanto el que acaba de cosechar un éxito como quien acaba de pegarse una castaña. Salvando las ingentes distancias, en la próxima asamblea de Izquierda Unida no repetirá el coordinador, Gaspar Llamazares (algunos abogamos porque carezcamos de coordinación unipersonal por un tiempo), pero no está nada claro que se produzca la renovación de la dirección que otros, en mucho mejores circunstancias, han llevado a cabo.
Para una organización política que se reclama republicana, debería ser una cuestión de suma importancia la permanente renovación de sus órganos. Resulta una obviedad la necesidad de tal renovación ahora que Izquierda Unida está hecha unos zorros, con pocos votantes, pocos militantes y menos diputados. De lo que deberíamos darnos cuenta es de que el día que volvamos a superar los veinte diputados también tendremos que seguir apostando por la continua renovación de nuestros dirigentes.
Hay una cuestión de principios y es que nadie es la persona imprescindible sin la cual el colectivo se queda hecho añicos. Todo dirigente y cargo público es perfectamente sustituible en una organización democrática, mientras que la perpetuación en los cargos da a entender que la organización se resquebrajaría sin su presencia: como demócratas deberíamos hacer visibles que lo único insustituible es la base del colectivo. Asimismo, ocupar cargos de dirección no es un derecho (entre otras cosas porque no podría ejercerlo todo el mundo), sino un privilegio. Y como republicanos deberíamos limitar los privilegios cualitativamente, pero también cuantitativamente (normalizando los sueldos de cargos políticos y dirigentes y limitando férreamente su extensión temporal).
Además de la cuestión de principios hay otra de índole práctica que puso en evidencia la carta de Manolo Monereo de la semana pasada. Una organización democrática se nutre de la crítica leal, fácilmente distinguible del navajeo. Es difícil pensar que alguien cuya aspiración sea ocupar tal o cual cargo se manifieste transparentemente crítico con lo que haga la gente que le puede llevar a su aspiración. Curiosamente los dos textos que mejor han señalado la necesidad de renovación, de coherencia y de romper con la tradición de pactos cupulares para el reparto de cargos han venido de dos dirigentes históricos que han anunciado que no participarán en la próxima dirección de Izquierda Unida: Anguita y Monereo.
La renovación no consiste en arrojar a la papelera a los dirigentes pasados, sino en aprovecharse de su experiencia de otras formas. Y su capacidad crítica será mucho mayor si no tienen posibilidad alguna de eternizarse en esos puestos y si pronto están en disposición de expresar opiniones propias sin recibir las presiones que deben de sentirse por ahí arriba.
Tomemos nota y apostemos por la renovación no sólo ahora, cuando estamos tan mal, sino, especialmente, cuando volvamos a estar bien.















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